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domingo, 11 de marzo de 2018

ESCULTURAS DE IGOR MITORAJ



Igor Mitoraj, el escultor de los héroes caídos
JUAN CARLOS CARDENAS EFE
El escultor de origen polaco Igor Mitoraj (Oederan, Alemania, 1944) falleció el 6 de octubre en el hospital Saint-Louis de París, donde estaba siendo tratado de una grave enfermedad. Conocido en todo el mundo por sus gigantescas esculturas en bronce y mármol, Mitoraj denunciaba la desidia y el abandono padecido por las obras maestras de la antigüedad, a través de bustos masculinos tumbados, cabezas fracturadas y miembros partidos. Alumno del pintor, escenógrafo y director de teatro Tadeusz Kantor, en la Academia de Bellas Artes de Cracovia, donde se crió, Mitoraj se trasladó a París a finales de los sesenta y en 1983 abrió un taller en la localidad toscana de Pietrasanta, las dos ciudades que le han rendido los últimos honores.
Siguiendo sus deseos, tras ser incinerado en la capital francesa, sus cenizas se quedarán en la ciudad italiana, célebre por la gran densidad de escultores, atraídos por las cercanas canteras de mármol de Carrara y los talleres artesanos. Para Pietrasanta, donde se conservan muchas de sus obras, incluidos dos frescos para el Ayuntamiento, atípicos en su trayectoria, Mitoraj estaba preparando una gran muestra, que se inaugurará como previsto en marzo de 2015, aunque sin su presencia.
Desde su primera individual como escultor en la galería La Hune de París en 1976, Mitoraj no dejó de producir y exponer, alcanzando un lugar destacado en el mercado y una enorme popularidad. En España le representaba la galería barcelonesa Joan Gaspar, que en 2008 organizó, junto con la Fundación La Caixa, una itinerancia por nueve ciudades españolas de una cuarentena de piezas de gran formato. “Le conocí en 1989 y desde entonces le expuse regularmente. Era un artista generoso, capaz de reflejar las andanzas del hombre a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Nació en la Alemania ocupada por los rusos, creció en Polonia y, tras una larga temporada en Colombia y México, se quedó entre Francia e Italia. Conocía y entendía muy bien nuestra cultura y sus obras se conservan en muchas colecciones españolas”, asegura Joan Gaspar.
Pese a que la crítica no siempre le apoyó, el gran público le adoraba. Quizás fuera porque sus héroes caídos, a menudo, representados solo por miembros mutilados o enormes rostros de ojos vendados y cuencas vacías, conseguían transmitir el malestar del hombre contemporáneo y su precariedad y fragilidad.
Entre centenares de muestras aún se recuerdan las de los jardines de las Tuileries en París, los Mercados de Trajano en Roma y un proyecto de 2011 para Agrigento en Sicilia, donde instaló 17 esculturas en bronce, a lado de los restos arqueológicos de la Grecia antigua del Valle de los Templos. Sus personajes mitológicos, herederos del arte clásico, están diseminados por medio mundo, desde el parisino barrio de la Défense hasta las puertas bronceadas de la basílica de Santa Maria degli Angeli en Roma, donde también esculpió una Anunciación para los Museos Vaticanos.
Hasta el 15 de enero, sus trabajos se pueden ver en Pisa, que por primera vez ha aceptado instalar piezas de un artista contemporáneo a los pies de la célebre torre pendiente, mientras que las salas de la Opera della Primaziale Pisana acogen un centenar de obras, reunidas en la retrospectiva Ángeles. Además de las esculturas monumentales, bronces, yesos y hierros fundidos, se exhiben numerosos dibujos y pinturas que revelan un Igor Mitoraj inédito y prácticamente desconocido.


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sábado, 10 de marzo de 2018

GALA DALÍ


El dolmen de Dalí

El autor diserta sobre la originalidad y los secretos de la plaza de Salvador Dalí

Madrid 
En la desierta plaza de Felipe II vi de lejos a una señora que –sin importarle el Sol quemante, el paso de más de un cuarto de hora y su ropa nada veraniega—miraba absorta la inmensa piedra sobre tres pilares que llaman dolmen y la rara escultura en bronce negro que se yergue a sus pies. Sus ojos iban de la incredulidad al azoro y del disgusto a cierta risa. Al acercarme, me dijo que no se explicaba cómo se sostenía la piedra aquélla sobre lo que llamaba tres palillosni qué estaría pensando Dalí al hacerle una estatua a su mujer, “¡si está clarísimo que se trata de un tío! Hay que mirar la palanquita que tiene entre piernas”.
La confusión es más o menos generalizada y se debe quizá a que la ubicación misma del adefesio se presta a enredos: se le llama oficialmente Plaza Salvador Dalí a esa franja abierta entre los edificios decimonónicos, reformados y modernos que en algún ayer formaban el pasillo de entrada para la antigua Plaza de Toros (donde hoy se levanta el Barclaycard Center, santuario de baloncesto y conciertos variados) y sí, nadie se explica que –a invitación de D. Enrique Tierno Galván—Salvador Dalí haya querido donar a la posteridad de la ciudad donde vivió de joven un dolmen como homenaje a las primeras estructuras izadas por el Hombre… y sí, se presta a confusión que sobre un pedestal en cubo, con las letras de G-A-L-A por los cuatro costados, no sea en realidad una escultura de homenaje a su mujer o a su nombre, sino al caballero Isaac Newton.
De allí la palanquita, le digo a la señora y añado que la esfera de bronce que pende de un hilo, delicadamente sostenido entre los dedos de la rara estatua, sea quizá un guiño a las leyes de la gravedad… y la señora me interrumpe a su madrileñísima manera para acotar: “Aquí, lo grave –grave de verdá—es que si esto es una estatua de un tío, le haya pegao en el pecho senos de mujé y en el cubo el nombre de su señora”. En el calor sofocante, se borra el espejismo de un hombre riéndose a carcajadas, con un gorro frigio y su bastón pintando el atardecer.



Fotos: Pedro Taracena Gil