Pedro Taracena Gil
Periodista
Madrid desde LA CUÑA
“Porque la ciencia nos enseña a ver lo que todo el mundo ha visto, pero a pensar lo que nadie ha pensado”EXPOSICIÓN EN EL CONDE DUQUE
LA ESCUELA DE MADRID
Bajo este título se expone la obra de seis autores que subjetivamente la comisaria Mónica Carabias Álvaro, presenta como únicos miembros de La Escuela de Madrid. El grupo de fotógrafos que integraron este movimiento fotográfico, se forjó en la Real Sociedad Fotográfica de la capital de España. Un mínimo rigor histórico exige un respeto a los más de veinte fotógrafos que recoge el catálogo de 230 páginas, FOTÓGRAFOS DE LA ESCUELA DE MADRID, editado por el Ministerio de Cultura. La obra de estos autores comprende de 1950 a 1975 y fue presentada en una exposición en el Museo Español de Arte Contemporáneo, durante los meses de enero a marzo de 1988. La mutilación de esta nueva exposición es más grave cuando el fotógrafo Vicente Nieto Canedo, miembro de la Real Sociedad Fotográfica desde 1955, expuso en mayo de 2006. Y el presidente de la Real, le ha reconocido en la presentación de su exposición como miembro de la Escuela de Madrid, de pleno derecho (Cartel adjunto). En el año 2002 así se expresaba Francisco Vicent Galdón, de la Asociación Nacional e Internacional de Críticos de Arte, con motivo de otra exposición del autor, en la Agrupación Fotográfica de Guadalajara: “Exposición en la que Nieto Canedo da buena cuenta de su variada temática recreadora en el reportaje humano, en retratos, en paisajes y temas libres. Trabajos que, en su justa medida, vienen a definir el momento estético de la fotografía contemporánea de los años 50 y 60, no alejado de los conceptos plásticos y temáticos de la entonces prolífera y hoy mítica Escuela de Madrid”. La revista Arte Fotográfico en su número 592, del año 2003 publica un porfolio de Vicente Nieto, donde en su presentación “Un alumno aventajado” comienza el artículo diciendo: “Perteneciente a la Escuela de Madrid, como se desprende de su obra”. Y añade: “Su mejor saber hacer y de ahí se desprende esa dura ternura que de las contrastadas luces y sombras muestran sus modelos en cierto modo costumbristas, pero que gozan de la especial sensibilidad del autor, hombre de extraordinaria bondad”. Quienes conocemos la obra de Vicente Nieto Canedo, su trayectoria en la Real y su relación con el resto de los miembros de la Escuela, lamentamos que se oculte información a los fotógrafos que deseen profundizar en la Escuela de Madrid. Y sería importante reconocer, al menos, que hay “otra voz viva” que nos puede hablar de esta sensibilidad fotográfica de los años 50. Aquí está una mínima parte de su obra. Pedro Taracena Gil
Homenaje a Mari
Homenaje a Mari
Homenaje a Mari
EROS
Foto: Jorge Rueda
"Realismo Fantástico"
Pedro Taracena Gil
"Me has
rechazado.
Apartado de tu
vida,
pero no me has
robado a EROS,
porque el EROS
es mío".
Eros es el amor en su esencia primitiva, está
más próximo del animal, que todos llevamos dentro, que del hombre racional,
cultivado y responsable. El amor entendido como la expresión del encuentro
corporal, donde asisten como protagonistas los cinco sentidos. Si bien
interviene la razón, no es para armonizar, sino para ser testigo mudo y pasivo
del juego amoroso. Eros como interpretación del amor en el mundo de los
clásicos, se refería a la relación entre hombres, no obstante, puede hacerse
extensible a hombres y mujeres; incluyendo el amor lesbiano. Los sentidos y el
sexo en estado puro, sin más injerencias ambientales y periféricas. Sexualidad
y sensualidad. Erotismo engendrado por Eros, como patrimonio diferenciado entre
el hombre y la bestia. Donde el amor es sexo, y el instinto de los amantes
predomina sobre la razón. Los prejuicios nos pueden escandalizar y los
complejos limitar, pero la celebración desnuda del amor en el lecho carnal, sin
límites y sin establecimientos previos, puede ser monótono, pero también
creativo, único e irrepetible. Producto de la diferencia entre el instinto
predestinado y el libre albedrío de la razón. Cuando abundamos en definir el
amor humano, bajo el prisma de Eros, hallamos un sinfín de atributos. Todos
encaminados al gozo y a los placeres sexuales. Lujurioso se podría denominar
bajo la cultura judeo-cristiana. Ajeno a la procreación. La naturaleza sella en
el instinto de los animales la multiplicación de la especie. Para los humanos
es opcional y ahora más que nunca. El amor sin contaminación busca y encuentra
su fin en sí mismo. Las consecuencias del amor se desprecian o se evitan
previamente. El amor se consuma en estado puro. Allí sólo importan los
atrapados por Eros. No existe nadie más. Podemos ahondar más y adjudicarle más
atributos y epítetos: El amor es efímero, aunque nadie quiere que termine, no
es eterno. Tampoco somos conscientes de que cuándo se contamina, se domestica,
y se transforma. El amor es salvaje y posesivo. Egoísta y celoso, ciego e
insaciable. Sensual y sexual. Infantil y caprichoso. Inmaduro y adolescente.
Irresponsable y apasionado. Se siente libre. Atrapa y hace esclavo al ser
amado. Comienza y concluye en el cuerpo. Nada y nadie existe cuando Eros hace
su presencia. ¿Cuáles son las impurezas que hace que el Amor-Eros abandone la
perfección? Pues todo aquello que lo va domando, racionalizando y poco a poco
alumbrando su principal cómplice y a su vez rival. Éste no es más que el
Amor-Cáritas en el universo judeo-cristiano, y el Amor-Ágape en el greco-romano.
El cariño. El amor es el presente y el cariño eterno. A pesar de ello, cuando
las brasas encenizadas del cariño, acarician la brisa de la sexualidad, se
aviva la llama del amor, Eros hace renacer el presente. El amor vuelve a ser
efímero.
Eros sólo se
hace presente cuando la cópula amorosa se lleva a cabo bajo la influencia de
verbos adolescentes, no adultos. Verbos vírgenes, sin contaminación del deber,
el mandato o la responsabilidad. “Me gustas”. “Te deseo”. “Te quiero para mí”.
“Ansió poseerte”. “Sigue, no pares nunca”. “Lo quiero, aquí y ahora”.
“Compartamos el gozo”. “No me harto de…” Lo quiero todo”. Cuando el amor
intenta crecer, abandona el estado salvaje y se encuentra en el mundo de la
razón. En el mundo del deber y convenir. Obligaciones y convenciones de la
sociedad. Estos verbos ahogan el amor. La madurez y la responsabilidad son
incompatibles con el amor en libertad, limpio y desnudo. Sin previsión,
espontáneo. El arte de amar con el concurso de Eros, quizás, está en conseguir
la capacidad de desnudarse y abandonar en el dintel del lecho amoroso, todo
aquello que estorba a la pasión primitiva. La convivencia es el primer enemigo
del Amor-Eros, puro, salvaje, natural y primitivo. A pesar de que esto pueda
provocar, escandalizar y transgredir la inercia de la historia. Eros es la
libertad, no conoce ataduras y responsabilidades. El Amor-Eros es lo contrario
del Amor-Cáritas. Egoísmo contra generosidad. Entrega y donación contra
posesión y pasión. Eros no renuncia a nada, siempre quiere más y sólo entrega
aquello que recobra con réditos. Otorga felicidad porque le reporta felicidad.
No entiende de renuncia y mucho menos de ausencia de placer.
Foto: Carlos Hernández Corcho
Escuela de Madrid
El sexo es la
piedra angular de su estructura. El amor puro es la esencia del gozo, de la
posesión, de la satisfacción plena, del sexo consumado, de la lujuria, de lo
amoral, de la trasgresión. Se comporta como si ninguna deidad existiera.
Después del amor, sólo hay más amor. Hasta el infinito. Hasta la eternidad. El
débito conyugal, el matrimonio legal, la familia, la procreación y todos los
valores humanos de la convivencia, surgen al margen de este amor. Cuando
el amor supera o se contamina con el mundo que sirve de vestido a los amantes
desnudos, surge el amor domesticado por la tradición secular y sobre todo
religiosa. Ese amor contaminado, adulterado y nada trasgresor, abandona su
estado de inocencia adolescente y primitiva, y se convierte en el garante de la
felicidad colectiva y allí se engendra la procreación, el amor filial, el
cariño, la ternura y tiene vocación de perpetuarse. Eros huye espantado de esos
lugares hacia otros derroteros; acechando nuevas presas…
TEXTO 5 ENTREVISTA A VICENTE NIETO
VICENTE NIETO CANEDO
1913
INFANCIA
Lugar y fecha de nacimiento
Dónde vivía
Quiénes eran sus padres (¿nacieron
también en Ponferrada?)
Oficio de su padre
Vida en el barrio y en la ciudad: cómo
era entonces Ponferrada
PRIMEROS CONTACTOS CON LA FOTOGRAFÍA
Cuando y por qué comenzó a interesarse
por la fotografía (de dónde viene su interés por el arte fotográfico)
Primeras fotografías que vio, y dónde las
vio
Primeras experiencias fotográficas: sus
amigos – la cámara que utilizaba (su primera cámara) – la película – el papel –
el revelado – los temas que escogían
Cuando y por qué se traslada a Madrid – primeros momentos en la capital
Evolución de su afición por la fotografía – cómo fue aprendiendo la técnica fotográfica y desarrollándose como fotógrafo
Cámara Kodak Baby Brownie: de dónde salió
– por qué ese modelo
Contacto con otros fotógrafos: dónde los
buscaba – ambiente en que se movía
Casa del Aficionado (¿revelaba sus
propias fotografías? De ser así, ¿cuál era su relación con el cuarto oscuro?)
Actividad en esta época
MARZO DE 1955: INGRESO EN LA REAL SOCIEDAD FOTOGRAFICA (RSF)
Cómo conoció la RSF – qué significaba
para él – papel de la RSF en la época
Ingreso en la RSF: circunstancias que lo
rodearon – premio Concurso de Noveles
Trabajo en el Boletín de la RSF: cometido
– temas sobre los que escribió – seudónimos – fechas de principio y fin de su
actividad
Gestación de La Colmena (grupo fundado
por iniciativa de Carlos Miguel. “Se proclaman anti minoritarios y se
autodenominan así por su carácter laborioso y su sentido comunitario”) –
circunstancias que lo rodearon – principios – vínculos entre los fotógrafos
Qué sentido tenía la fotografía para el
grupo, en general (y en relación con la España de aquella época), y cómo la
vivía él, en particular
LA COLMENA: EXCURSIONES
Excursiones a los pueblos – cómo surgió
la idea – pueblos a los que viajaban (y cómo: en coche, tren, autobús…)
Qué pretendían (él y el grupo) con ese
trabajo (esa inmersión en la “realidad” de una España pobre y campesina) – La
España de los años 50 y 60
Cómo establecía contacto con la gente y
cuál era la relación que mantenía con ellos (¿iban varias veces a un mismo
pueblo? ¿les enseñaba posteriormente las fotografías reveladas a sus modelos?)
– método de trabajo
Cómo respondía la gente a su interés por
fotografiarla – cómo le/s recibían
Experiencias vividas: relación con las
autoridades (la palabra mágica: “Real” –de RSF–), contacto con el mundo rural.
Impresiones, emociones
Balance de esta época
Descripción de una jornada – comentario
de anécdotas, recuerdos
Cuándo y por qué terminaron las
excursiones –o su relación con ellas, si es el caso– cuánto duraron
Disolución del grupo – circunstancias –
causas – sensaciones – relaciones entre los miembros a partir de entonces
PRODUCCIÓN FOTOGRÁFICA
Años que abarca (cuánto tiempo pasó como
fotógrafo en activo) – cuándo y por qué abandonó o disminuyó su actividad como
fotógrafo
Cuántas fotografías tiene
Exposiciones colectivas en las que ha
participado
Exposiciones individuales
SOBRE LA FOTOGRAFÍA
Sobre la mirada
Evolución de su mirada
Evolución del significado que para él
tenía (y tiene) la fotografía – qué fue aprendiendo – hallazgos – de qué
costumbres se fue deshaciendo
Cuál sentía que era su responsabilidad
como fotógrafo, cronista u observador (el fotógrafo como alguien que da
testimonio pero cuyo destino es distinto de aquellos a quienes retrata) – qué
compartía con los fotografiados – qué le daban ellos y qué sentía que les daba
él
La “imagen deseada”: de dónde surge la
imagen
Coincidencia entre la imagen interior y
la escena que se desarrolla en el exterior: cómo piensa (pensaba) sus fotografías
La fotografía como elección de un momento – qué se elige y qué no en
fotografía
“En la vida, todo es fotografía. El
problema está en saber traducirlo”: explicar esta afirmación (suya). Cómo
lograr que una fotografía “explique”, o “hable”. Cómo potenciar / aumentar ese
grado de explicación, de transparencia respecto al hecho en sí y al fotógrafo
Sobre los temas
Qué llama su atención – qué le provoca
visualmente – qué es lo que, para él, merece la pena ser fotografiado (visión
del mundo)
Cómo variaron sus intereses –su foco– con el tiempo, si es que lo
hicieron
Los niños: un motivo constante en su
producción
Relación entre fotógrafo y modelo, o
entre fotógrafo y vida
Carácter humanista de su fotografía
–implícito o expreso, consciente o inconsciente–.
Fotografías que reflejan la historia y
fotografías que reflejan un vida: ejemplos en su producción
Sobre la estética
En el camino hacia el dominio de la
técnica, ¿qué le parecía lo más difícil de fotografiar? (de plasmar)
La expresividad del encuadre
Fotografía sólo en blanco y negro: por
qué renuncia al color
Cuándo se decide a disparar (¿cómo se
reconoce o ha reconocido él ese momento? ¿es posible verlo claro, sentirlo? –
cómo) – ha sido de disparar mucho o de meditar mucho
La espera (el momento revelado, o de revelación
de la imagen) – cómo vivía ese momento
En qué ocasión ha esperado más tiempo
para realizar una fotografía, para captar “el instante deseado”
Sobre la cámara
Cuántas cámaras ha tenido – con cuáles se
ha sentido más cómodo y por qué
Importancia de la cámara a la hora de
fotografiar – qué se capta con una cámara o un formato que no es posible lograr
con otro
Sobre sí mismo
Conciencia del carácter de testimonio de
su fotografía: ¿la tuvo? – cómo ve esto hoy Sus palabras: “considero mi pequeña
obra fotográfica como un testimonio fehaciente –fiel, fidedigno, digno de
crédito– de una época ya lejana pero auténtica, si bien se mezclan en ella
otras imágenes intemporales”: imágenes intemporales de su producción – qué da a
una imagen su carácter intemporal – cómo ve su producción fotográfica
Qué le ha dado la fotografía –
significado – qué le ha aportado como persona
Cómo ha visto el mundo a través de los
ojos de la cámara
Qué hay de sí mismo en sus fotografías
Qué destino le gustaría que tuviera su
obra fotográfica
ADEMÁS
*Detalles sueltos:
Trabajos que desempeñó en cada momento de
su vida
Ponferrada: relación con la ciudad (si la
tiene, o no)
TEXTO 6 EL RAMO DE FLORES
El ramo de flores
“Epitafio para un amante”
En la comarca de La Campiña, tuvo lugar una historia que muchos conocieron, pero pocos recuerdan. Es la historia de Bernarda, una joven que vivía en un pueblo no muy lejos de la capital de la provincia, en cuya ciudad habitaban sus tíos, únicos familiares que tenía. Era una chica de cultura primitiva y de belleza pueblerina. Corrían los años treinta, y se enamoró de un joven cuatro años mayor que ella. Se diría que el amor que se tenían, les aislaba del resto de los mortales. Su pasión era igual de primitiva que su origen social y cultural. Pero su amor era tan sublime y tan carnal a la vez que en aquellos años rompieron los paradigmas de sus contemporáneos; superando todos los prejuicios tradicionales.
Bernarda y Juan, se unieron en matrimonio, en una ceremonia civil en el ayuntamiento del pueblo. Vivían una vida idílica dentro del marco obrero y campesino, donde se desarrollaba su actividad. Ella de criada de servir, él de obrero en una finca del pueblo. A los pocos meses de casarse, Juan lleno de orgullo, inscribe en el ayuntamiento de su pueblo, a su hijo Luis, fruto de su matrimonio. Habían conseguido gozar de la unión de sus vidas y de las mieles de su amor. No envidiaban a nadie. Su vida era vivir el amor día a día, noche tras noche. Ambos creían gozar por adelantado del cielo, del cual oían hablar a sus mayores y a los curas de la época. Porque si a la gloria van los buenos para gozar. Ellos estaban ya en camino.
En aquellos años, llegó al pueblo la noticia de que la guerra había estallado y que en la provincia, se estaba reclutando a los mozos reservistas del servicio militar. Juan se encontraba librándose de él, por ser huérfano de padre y tener hermanos menores de edad. A los pocos días, recibe la orden de alistarse, por la fuerza, al bando que ocupa su provincia. Ni Juan ni Bernarda, entenderían nada de lo que pasaba a su alrededor. Planearon irse los tres juntos. No se pueden separar y menos ahora. La guerra les desborda y no cabe en su nube de amor semejante atropello. Evidentemente, las culatas de los fusiles de los reclutadores, se encargan de evitar el atrevimiento de ir a la guerra con una mujer y un niño recién nacido. En retaguardia, cuidarán de ellos, le aseguran.
Cuando el tren partió, allí se hacía pedazos, el corazón de ambos y sobre todo el proyecto de vida que con tanto cariño habían anidado. Juan no sabía cuál era mayor sufrimiento, sí la ausencia de su esposa o el participar a la fuerza en aquella guerra fratricida. Bernarda era una mujer perdida, inmolada en el empeño de cuidar a su hijo; haciendo de madre y de padre, cuya ausencia le desesperaba cada día más. Para ambos no había consuelo, no entendían para qué una guerra y menos comprendían lo que se conseguía con ella.
Los días y los meses pasaban y de aquellos jóvenes reservistas, nada se sabía. Se bombardeó la capital. Sobre todo, el barrio humilde de la estación. Y en represalia, mataron a los detenidos del bando contrario, en la cárcel provincial. Después de una espera interminable, Bernarda recibe la primera carta, enviada desde el frente:
Mi querida mujer:
Desde el mismo momento que perdí de vista la torre de la iglesia, sabía que salía del cielo y que, aquel tren, me conducía al infierno.
Amor mío, no puedo escribirte todo lo que estoy pensando.
Ya sabes que mi escritura no es muy buena. Las cosas de esta guerra no nos
importan, ni a ti ni a mí. Te tengo presente todas las horas del día y de la
noche. Me acuerdo mucho, también del chaval, ¡Pobre criatura sin su padre!.
Esto es el infierno. Es todo lo contrario del cielo, en el
cual vivíamos los dos. Ni que decir tiene que te revivo a mi lado. Gozo de tu recuerdo.
Cualquier rama, planta o flor del campo me traen recuerdos tuyos. De nuestros
revolcones con olor a tomillo y cantueso, de nuestros largos besos y nuestros
interminables abrazos. La otra noche soñé que te tiraba al río y te sacaba del
agua en volandas. Luego te secaba a lengüetadas como los perros secan a sus
crías.
Hablando en serio, te quiero, te deseo. Odio la guerra que
me separa de ti. Tendrás celos del fusil porque me obligan a sobarle más que a
ti, mi mujer. La chica más hermosa que hay en todos los pueblos de la comarca.
Te escribiría cosas más verdes, pero no quiero porque algún día, alguien,
pudiera leerlas y estas cosas son sólo tuyas y mías. Mi cielo.
Tengo que terminar porque el correo se lo bajan al pueblo y
es posible que pronto caigamos en manos de los otros y será más difícil que te
envíe cartas.
Un beso muy fuerte y un pellizco en el mofletillo al niño.
Tu marido que lo es
Juan
Esta carta se convertiría en el único testamento que le dejó aquel hombre que perdió de vista entre lágrimas, en aquel tren, camino hacia el infierno. No habían pasado muchos meses, cuando un lacónico mensaje llegó al pueblo con la noticia de que su marido Juan, había muerto. No le dieron más información. A Bernarda tampoco le consolaba saber más detalles de la desaparición de su marido. Su vida había quedado truncada como la suya. Más tarde, supo que Juan había sido cogido prisionero y condenado a muerte en juicio sumarísimo. Y que cuando se encontraba en capilla, un sacerdote, le invitó a confesarse para morir cristianamente. Entonces, Juan, le respondió que no tenía de qué acusarse y que el amor de su mujer, de su Mari, como él la llamaba, le había hecho alcanzar ya el cielo. Como consecuencia de esta negativa, fue enterrado en el cementerio civil. Esta versión de los últimos momentos del condenado, se contradecía con otra venida con posterioridad, que mantenía la tesis de que, quizá, no era él, el fusilado. Y lejos de estar muerto, habría llegado a la frontera francesa, para más tarde, tomar parte de la diáspora del exilio.
Estas aclaraciones de la desaparición de su marido, no mermaron el desgarro de Bernarda. Nunca se supo si en su intimidad, acarició la esperanza de volver a ver a Juan. Jamás podía pensar que la vida le tratara con tanta crueldad. Su hijo Luis, no llenaba el vacío dejado por su amante. Los dos amores de su vida los tenía muy claros y su primitiva forma de verlos, casi animal, no le hacían albergar ninguna duda. Ya nunca podría hacer el amor con el hombre que ansiaba y sin embargo el amor de su hijo, sí le servía para recordarle que éste era el fruto de aquella pasión. Pero su vida sin Juan ya no era vida... Tan pronto como pudo, visitó la fosa común donde le contaron que yacía su marido. Esta cita con su finado amor se iba a repetir muchas veces a lo largo de su vida. En no pocas ocasiones, acompañada de su hijo Luis.
Nada más terminar la guerra, los victoriosos, le hicieron pagar las consecuencias de ser la mujer de un hombre que, el azar le llevó al bando de los perdedores, de los vencidos. Bernarda fue víctima, como otras muchas mujeres, de diversas vejaciones. Las purgas con aceite de ricino y el corte del pelo al cero. Pasaron algunos años y Bernarda se abría camino para nutrir a su hijo. Los años del hambre le obligaron trabajar más y más, en las casas y en el campo. Al pueblo donde vivía Bernarda, vino un hombre joven, mayor que ella, a trabajar a una cuadra de ganado vacuno. Este hombre venía del Norte y su semblante era de una persona, buena y apacible. En términos populares, un pobre hombre...
Las circunstancias que rodearon la situación de Bernarda, llevaron a sus familiares de la capital, a convencerla para contraer segundas nupcias con Félix, que así es como se llamaba el recién llegado. Bernarda aceptó ese matrimonio, con el convencimiento de que el amor de su vida jamás volvería. Su predisposición para entregarse a otro hombre que no fuera Juan, era nula. Se celebraría el matrimonio, cohabitaría con otro hombre pero su cuerpo ya no vibraría con aquel amor carnal y salvaje. Bernarda y Juan estuvieron predestinados a vivir un amor sensual y sexual irrepetible. La unión con Félix en matrimonio canónico, era un apaño, como se comentaba en el pueblo. Tampoco le aceptaba para darle un padre a su hijo. Ya se encargó de transmitir a su hijo, que aquel hombre, ni era su padre, ni era su padrastro. Aquel hombre, recordaba el papel putativo de San José. Como prueba de ello, Luis siempre llamó a su padrastro por su nombre: ¡Oye, tú, Félix!. Este era el trato que el hijo de Bernarda, le dispensaba.
De esta forma, Bernarda y Luis, comenzaban una nueva vida al lado de un hombre que aceptó todo a cambio de nada. Félix, trabajaba y trabajaba. Luis desde una temprana edad, comenzó su actividad en el campo. Las relaciones entre ambos fueron tensas y Bernarda siempre tomaba partido por Luis. Era el recuerdo de aquella vida, preñada de satisfacciones, la que le recordaba su hijo. Cada día, Bernarda, siempre que tenía oportunidad y sobre todo, el día de Todos los Santos, visitaba la fosa común donde reposaba su único marido, su único hombre, su único amante. Félix, había aceptado todo eso con normalidad, parece que todo estaba incluido en aquel enlace tan atípico.
Pasado algún tiempo, Bernarda se quedó embarazada y dio a luz otro hijo. A este le puso por nombre Miguel. Más tarde las relaciones entre los hermanos, se confirmaron también hostiles, como las habidas entre Luis y Félix. Una vez más, Bernarda, se veía anclada en su pasado. Todo lo que le ocurrió después de la muerte de Juan, no le suponía, ni mucho menos, aprovechar la oportunidad para que su corazón, volviera a latir. Su nuevo marido, no era su marido, su nuevo hijo, no era hijo de Juan y por tanto era distinto. Bernarda seguía viviendo de las mieles de su primera y única experiencia vital como mujer, como amante y como madre. Parece como si Bernarda hubiera creado otro personaje. Soportaba la doble familia con su doble personalidad.
Cuando Miguel tenía diez años, Bernarda trajo al mundo a Carmen. Y su Miguel se convirtió en su niñera. Siempre había una disculpa para que abandonara la escuela y tuviera que quedarse a cuidar de su hermana. Mientras su madre iba al lavadero o ella misma caía enferma con la frecuencia que le caracterizaba. Esta nueva hermana, jamás fue reconocida por su hermano mayor y sus relaciones con Luis no fueron ni sensibles ni cariñosas. El ciclo se repetía y los personajes se perfilaban más radicales. Bernarda seguía visitando el cementerio, bajo la mirada comprensiva de Félix y los ojos atónitos de los amigos de Miguel y de Carmen. Éstos, no podían comprender que la madre de sus amigos, llevara flores al cementerio, al padre de su hermano mayor, viviendo su padre, el cual conocían.
Así transcurría el esperpento de la familia que Bernarda se había dado y nadie encontraba explicaciones. Ella nunca supo lo que era amar, fuera de la vida con Juan, ella nunca supo lo que era un hijo fruto del amor, fuera de Juan y ella nunca supo lo que era sentirse mujer, fuera de los instintos sensuales de Juan. Nadie sabía, ni ella misma, qué personaje estaba interpretando y mucho menos a qué drama pertenecía
Cuando el mayor de sus hijos, tenía veintitrés años, el esperpento se tornó en tragedia. Luis tuvo un accidente en el campo, que le costó la vida. Un tensor de sujetar la mies en un remolque, le abrió la cabeza en dos. A partir de ese momento, Bernarda, no podía concebir tanto dolor, tanta tragedia y tanta desolación. Volvían a matar a su Juan. Moría el cordón umbilical que la sostenía viva. Bernarda, sin Juan, sin su amor y sin Luis, fruto de ese amor. Ahora qué podría hacer. A quién acudiría. Su pasado moría con su presente. Presente que nunca vivió. Creyó enloquecer y decidió huir. Pero no fue capaz. Siguió llevando flores a la fosa común donde estaba enterrado su marido Juan y compartía estas visitas con la tumba de su hijo Luis. Entre estos dos cementerios, el civil y el sacramental, Bernarda desgranaba el despojo de su vida. Aunque seguía siendo madre de Miguel y de Carmen y esposa de Félix, cada personaje seguía en su lugar e interpretaba cada uno la función asignada en esa incierta ruleta del esperpento creado por Bernarda.
Carmen creció llena de caprichos de su madre en continúa desautorización del padre y del hermano. Una sobreprotección de su madre, le evitó encontrar trabajo y siempre estuvieron juntas. Parece como si la madre la hubiera condenado, a vivir con ella su frustración. No le permitió la oportunidad de ser feliz como fue ella. Tanto la madre, como la hija acabaron siendo víctimas de una hipocondría grave. A esto se unió la baja laboral permanente de Félix por una enfermedad sin cura.
Aunque no fueron a la escuela de forma muy continuada, Miguel y Carmen,
crecieron con aspiraciones culturales muy superiores a las de su madre. Él leía
a los clásicos y Carmen cantaba muy bien la tonadilla. Ambos solían leer obras
de Lorca con otros amigos, sentados alrededor de la mesa camilla, al arrullo
del brasero. Los personajes lorquianos se mezclaban con el drama de aquella
familia. Su casa, podía ser la de Bernarda Alba, el hogar de la fustigación y
del desamor y ella seguía sufriendo como Yerma hasta el final. Ante este panorama,
Miguel, empujado por unos amigos, abandona el pueblo y se va a la capital, ante
la resistencia de Bernarda.
Miguel, deja tras de sí, un hogar con aires de locura e
hipocondría, mitad manicomio, mitad hospital. Los lazos psicológicos que
mantiene con su familia son aún muy fuertes. Son como una fuerza irresistible
hacia un final fatal. Ha sido testigo de demasiadas situaciones, inconfesables
ante sus nuevos amigos de la capital. Ahora vienen todos los fines de semana a
ver a sus padres y hermana. Allí le cuentan las enfermedades de la semana y las
desavenencias entre la madre y la hija. El padre, reacciona como siempre,
testigo de todo y protagonista de casi nada.
En amores, nadie fue afortunado en la familia de Bernarda:
Luis, tenía una medio novia antes de morir, jamás tuvo el consentimiento ni el
apoyo materno. Carmen, todos sus pretendientes fueron rechazados por su madre.
Miguel, tuvo una novia en la capital y no supo decidirse y le abandonó, su
madre no ocultó su satisfacción. Félix, nunca se supo qué condiciones aceptó en
su enlace con Bernarda, pero debieron de ser muchas, pero ninguna favorable a
él. Y nadie cree que fuera buscando el amor, porque Bernarda no era el camino
para encontrarlo.
Ella, sí conoció el amor y así se lo hizo saber a propios y
extraños. El amor de su vida, fue Juan. La muerte de Juan se llevó el amor de
Bernarda y con él todo. Arrastró todo y a todos. Castró a todo lo que le
rodeaba. Ella visitaba las tumbas de sus amores; haciendo de su casa otro campo
santo, donde nadie llevaba flores ningún día del año. Su familia de los
cementerios, Juan y Luis, de nada se diferenciaban de las pétreas figuras
esculpidas en su casa, para siempre, con sus propias manos.
Bernarda amó como nadie de su época, salvajemente,
sensualmente, humanamente, pero sus hijos, no solo fueron testigos y
acompañantes de las visitas a los cementerios, donde yacían los amores de su
madre, sino que fueron propios sepultureros de los suyos. Carmen y Miguel, con
las flores, que muchas veces ellos mismos compraban, asistían a los funerales
de sus amores, que su propia madre se había encargado de matar o de que no
nacieran.
Bernarda vivió y murió en el amor, al mismo tiempo. Vivió
el amor carnal y egoísta que todo lo traspasa, que todo lo puede. Hizo vida de
su amor muerto y sembró de cadáveres su propia casa. Cada día, aviva su amor
cuando toma sus flores y visita la tumba de aquel miliciano que no quiso ir al
cielo, porque el cielo era ella.
La familia de Bernarda, se hizo vieja antes de tiempo.
Miguel, a pesar de salir de su casa, no fue capaz de hacer una nueva vida, su
madre le arrastraba, sin poder evitarlo, a su mundo de muerte, a su perpetuo
desamor. Él sabía que toda la felicidad, en el entorno de Bernarda, le estaba
vetada. Las mujeres habían huido de su lado, porque detrás estaba Bernarda y su
drama. Carmen, pronto se sintió inútil ante la vida. Se resignó a ser la eterna
enfermera de las hipocondrías de su madre. Ajada por las inclemencias del
ambiente familiar, acompañaba a su madre muchas tardes, con un ramo de flores a
la tumba de su marido. Aquellas fragantes flores, le hacían revivir a Bernarda,
el amor de su vida. Mientras, Carmen recogía las flores secas de la visita
anterior, que le hacían sentir aquella metáfora que abrasaba su corazón y le
transportaba al abismo de la desolación Todo estaba fatalmente predestinado.
El drama de esta familia iba desgranando sus secuencias y
eventos más trágicos. Y después de una larga enfermedad, Félix, aquel personaje
gris, que nadie sabrá de sus gozos y sufrimientos, murió sin apenas dejar
huella. Cuentan los vecinos del pueblo que el día en que enterraron a Félix, su
segundo marido, Bernarda, abandonó su hogar. Sus hijos le sorprendieron, con un
ramo de flores, al lado de la fosa común del cementerio civil de la capital. Y
allí, junto a ella, estaba Juan.
Epílogo
Tras leer este relato y los epitafios que le siguen, me doy cuenta que estoy en presencia de un texto que destila sensibilidad por doquier.
Su estilo es parco. La palabra no es empleada para aturdir,
para engañar, para crear sensaciones que se encuentran ausentes en el texto que
lo contiene. Importa lo que se dice y se dice desde dentro. La frase es corta
contundente. Cómo no habría de serlo cuando ella relata el dolor que corta una
vida, una ilusión y que, contundentemente nos enfrenta a la tragedia.
Bernarda, como lo señala, bien pudiera ser el personaje de la Casa de
Bernarda Alba. Aunque para mí rebasa ese marco y se sitúa en el campo de la
tragedia mediterránea. Un hecho histórico trunca unas vidas. Él sólo es una
circunstancia. En Bernarda se funde el concepto de la pérdida del hombre, que a
través de la historia ha manejado la mujer mediterránea. Sin querer en ella se
reanima el poder destructivo de Medea. Ha perdido al hombre y el mundo debe
responder por ello, no importa a quien se tenga que inmolar, para saciar el dolor.
Se destruye o se castra, dos vertientes del mismo hecho. Y en él Ethos y Pathos
se diluyen en la nada. Luis, Félix, Miguel y Carmen nada habrá de ser para
ella, para su dolor. Luis es el recuerdo del ser amado que quedó sembrado en
ella. Los demás no serán nada más que el producto de una circunstancia, de la
cual ella ha decidido vengarse.
Por lo cual al final del relato, la consecuencia del
desamor no puede ser más que el suicidio; que es como interpreto su reencuentro
con Juan. Orfeo descendió al reino de los muertos para resucitar a la amada;
Bernarda para comulgar con la muerte.
Los campos de Bernarda quedaron sin luz, enmudeció el canto
y el día no volvió a nacer.
“La guerra mató los cuerpos y los espíritus”
Juan Vicente Gómez Gómez
Abogado, periodista y fotógrafo
Caracas (Venezuela)
EL
MACHO IBÉRICO
Pedro Taracena Gil
Nunca he sido una mujer, siempre he
sido un ser humano.
Son los demás que me quieren ver como
un par de jambas sin cabeza.
Foto:
Pedro Taracena Gil
El macho ibérico podría
ser cualquier animal, que perteneciera a una especie particular de la península
ibérica, en riesgo de extinción. Pero este ensayo se va a ocupar de otro
animal, en este caso racional, como es el hombre. Viene acuñándose el apelativo
de macho ibérico, al referirse a un varón de características genuinas oriundo
de España, que en un tiempo se denominó Iberia. Es tanto como decir que es la
raíz del españolismo, puesto que ibérico es el gentilicio más primitivo que se
conoce. Cuando se dice que este hombre es un macho ibérico, se quiere afirmar y
definir que estamos ante un ejemplar, que conserva las más puras esencias del
hombre. Se considera más hombre que el resto. Sus características, poder,
fuerza y atributos masculinos, le hacen el portador de los valores tribales de
la raza a la cual pertenece. En este breve trabajo sólo se puede tratar, por
razones obvias, el macho ibérico de la segunda mitad del siglo XX. Desde los
años cincuenta en adelante, la sociedad española ha arrojado suficientes
muestras, como para configurar el perfil del macho ibérico de nuestros días.
Aunque la civilización del siglo XXI está declarando la guerra a este
espécimen, aún quedan reservas particulares donde no falta quien pretende vedar
su caza.
En la década de los cuarenta
al abrigo del imperio del nacionalcatolicismo, el macho ibérico obtiene la
bendición sagrada de la supremacía sobre la mujer, como reafirmación de su
virilidad. No obstante la religión no le reconoce el uso de sus atributos sexuales,
hasta que no llegue al matrimonio. La sociedad, sin embargo, es permisiva con
los usos y abusos de su conducta sexual. Y podemos asegurar como base de este
ensayo, que el poder del macho ibérico está basado en ser el más en todo, pero
de forma expresa en su potencia sexual. Podía fornicar con quien se dejara.
Cuanto más joven y más veces, más macho y más hombre. En cambio, la mujer debía
ir virgen al matrimonio. El macho ibérico imita a sus progenitores;
desahogándose con las prostitutas u otras mujeres que se prestaran a ello, pero
su novia oficial permanecería virgen hasta el altar. Sus formas no podrían
confundirse lo más mínimo, con la sensibilidad y ternura de un niño y mucho
menos con la amabilidad y buenos modales de una mujer. Su aspecto despreocupado,
mínimo de higiene y no siempre afeitado, daba la imagen de más macho. “El
hombre y el oso cuanto más feo más hermoso”, se solía decir; había que huir del
hombre acicalado que podía perder su hombría. Una vez contraído el matrimonio,
venía la noche de “la primera vez”. Aquí las leyendas se sucedían a través de
las épocas. Desde desgarros vaginales hasta eyaculaciones precoces, pasando por
una gama de ausencias que dejaban a las esposas ahítas de desilusión y
frustración. Su función era el placer y como consecuencia la procreación. La
mujer estaba educada para servirle como su esclava desde la infancia.
El comportamiento del macho ibérico, insistimos una vez más, tiene su base de
sustentación en la potencia que cree tener en sus atributos varoniles. Son el
símbolo de poder sobre la mujer, en reñida competencia con los otros hombres,
que siempre cree que son inferiores él. De esta rivalidad y del complejo de
inferioridad surge las sospechas que atentan contra su seguridad. Para
reafirmar su primacía brotan en su interior herramientas a modo de armas cortas
que son los celos. “A mí nadie me pone los cuernos”, suele exclamar. Y su
actitud es semejante al de la fiera en celo, que le intentan arrebatar la presa
que desea cubrir. Los celos siempre desbocan al macho ibérico por la pendiente
de la violencia y hasta del crimen. Es evidente que este trabajo lejos de
presentar un perfil del macho ibérico petrificado, rígido y único; pretende
observar todas sus facetas, circunstancias y grados de pureza con relación al
perfil más generalizado. No obstante, el hecho de que viva en sociedad y
aparentemente adaptado a las costumbres comúnmente aceptadas, de puertas hacia
dentro y aprovechando cualquier resquicio, se define y obra en consecuencia. Lo
que comienza siendo un prototipo genuino, racial y tribal, con el progreso se
convierte en un enemigo del ser humano, cada vez más peligroso para la
sociedad. La comunidad avanza y el macho ibérico está atrapado en su
salvajismo. Es difícil saber qué insulto soporta peor este personaje, si
cabrón, que determina que ha sido burlado; o maricón que le define como todo lo
contrario de lo que él se cree que es. Pero lo que más le aterra es que todo
ello, sea o no sea cierto, lo haya sabido la gente. El escándalo corroe al
macho ibérico y le hace perder su estabilidad emocional, física y psíquica.
Desde niño es conducido para que su casta se perpetúe. Había que comenzar a
fumar a edad temprana. Los padres y progenitores se los prohibían, pero la otra
cara de la moneda es que era motivo de orgullo y muestra de que ya se estaba
haciendo un hombre, un macho ibérico. El tabaco también tenía su homologación
según de qué fumador se trataba; Tabaco rubio para señoritas y tabaco negro y picao para los hombres. Ideales era la
marca del macho ibérico. Los cigarros puros se reservaban para los mayores y en
las bodas y bautizos. Cuando los chicos llegaban a su pubertad o adolescencia,
las consignas eran claras, sobre todo en los pueblos: Id al baile y apriétate
contra la chica y si puedes, ¡a meterla mano! Si los padres tenían hijos e
hijas, la madre se ocupaba de dar las consignas contrarias a las chicas. El
macho ibérico contabilizaba sus logros genitales, que no sexuales, ni eróticos,
a razón de los polvos que echaba. Jamás por orgasmos de su compañera. Aunque la
educación sexual fue avanzando, el macho ibérico, siguió ignorando qué era el
clítoris de la mujer y si podía o no hallar su punto “G”. Las relaciones en la
cama eran una demostración de potencia sexual, siempre en el plano genital. La
penetración vaginal como prueba de la posesión del varón y la mujer de total
sumisión. El papel del macho ibérico es activo y el de la mujer pasivo. Tampoco
ha renunciado a la felación y la penetración anal de su mujer. Dentro de la
parcela de poder de este perfil de hombre, está el buscar fuera del lecho
conyugal, las relaciones viciosas que antaño había mantenido con las
prostitutas. Y que ahora no deseaba hacer con su mujer o bien porque a ella no
le apetecía. Aquí estaba el límite para evitar los abusos y las violaciones
dentro del ayuntamiento marital. No olvidemos que uno de los fines del
matrimonio canónico es el remedio a la concupiscencia. Y para ello estaba el
débito conyugal; la mujer no se puede negar cuando el marido se lo pida. El
macho ibérico ha estado siempre cubierto por el manto de la permisividad del
entorno social. Las relaciones y la comunicación que el macho ibérico ha
mantenido con su entorno, siempre ha sido ejerciendo su poder y la primacía del
hombre sobre la mujer. En el ambiente familiar, en el clima social y en el
nivel laboral. Mencionando de una forma muy específica, su proyección en la
política y en las leyes. Con este estado de cosas, se acuñó en los años 70 y 80
el término machista y su oponente el feminista. Pero aún tuvo que pasar mucho
tiempo hasta que el macho ibérico, lejos de ser el eje del sistema, pasara a
ser un enemigo público. El macho ibérico creía tener, sobre todo en sus
atributos esencialmente animales, la superioridad exclusiva y excluyente. No
admitía a nadie de otro clan o raza y tampoco aceptaría que una hembra se su
raza cayera en los brazos de otro hombre que no fuera ibérico. De aquí que
sintiera cierta envidia a los aparatos genitales de los hombres negros, a su
cuerpo y su fuerza. Y las mujeres mulatas les consideraban más apetecibles como
satisfacción puramente carnal, al margen del colectivo de mujeres de toda la
vida. Aquellas que consideraba propiedad suya. Estábamos ante un machista y
racista; donde el mestizaje no tenía lugar y sobre todo en igualdad y respeto.
Es evidente que el macho
ibérico debe la fama a su publicidad. Los actos que comprenden el conjunto de
su comportamiento, son pregonados por él mismo haciendo loas de sus logros y
grandezas; “me he tirado a tantas o cuantas en tales o cuales circunstancias”,
ocultando los posibles gatillazos; he conseguido cinco eyaculaciones
manteniendo la erección y sin sacar el pene. Dicho de otro modo: “La eché cinco
polvos sin sacarla y manteniéndola dura todo el rato”; Sin preocuparle si su
pareja había sentido algo parecido a un orgasmo. El macho ibérico proclama que
a él nadie le obliga a la profilaxis. Está exento de usar el condón con mujeres
ajenas a su matrimonio. Y tendrá todos los hijos que le vengan y sólo si la
necesidad le apremia, optará por el coitus interruptus o el preservativo.
El servicio militar contribuía
a remarcar el perfil del macho ibérico; preparado para la milicia en
condiciones rudas, afloraba la vocación de ser el más duro, el más valiente, el
más aventurero, el más hombre con las mujeres y si era marinero, capacitado
para tener una mujer en cada puerto. La Legión ha sido el lugar de la milicia
donde más se ha ostentado la categoría de macho ibérico. El Caballero
Legionario, el Caballero Paracaidista son títulos que están ligados a los
atributos más varoniles del ibérico solar, es decir Iberia, Hispania y España.
Pechos velludos, descamisados, desfiles ágiles y rostros altaneros. Las
imágenes grabadas en sus brazos son una añoranza perpetua de su participación
en desfiles pasionales de la Semana Santa, portando imágenes al límite de sus
fuerzas.
La publicidad que hace de sí
mismo es engañosa en su mayor parte. Engrandece sus logros y omite sus
fracasos. Pero sin ella el macho ibérico no es nadie. Este comportamiento en
verdad ha ido evolucionando paulatinamente. Las libertades conseguidas, los derechos
sociales y los medios de información, han ido mostrando al macho ibérico que el
acto que él entendía como genital exclusivamente, era sensual, sexual y erótico
y que podía gozar con todo su cuerpo; siendo recíproco con el placer de su
pareja. Y fue cediendo terreno a favor de su compañera; Descubrió el clítoris y
su forma de estimularlo con la lengua y con la yema de los dedos. Practicaba
posturas, como el llamado “sesenta y nueve” o el “beso negro” que le hacían
compartir más el gozo. Y hasta acudía al sexólogo para encontrar su
realización, más como hombre que como macho. Se limaron sus asperezas en el
trato con la mujer y no descartaban admitir y adquirir modales más delicados
afeminando su rustica imagen de macho indolente. Pero estos logros sirvieron
para disminuir su presencia imperante, pero no para conseguir su
desaparición.
La conducta del macho ibérico aunque está marcada por el aspecto sexual y
genital, se ha proyectado en todos los órdenes de la vida; Había que estar en
guardia para que la especie se conservara. Una noticia desfavorable para el
macho ibérico era que le comunicaran el nacimiento de una niña, sobre todo si
era primogénita. Se perdía una oportunidad de perpetuar la especie. Los
problemas se agudizaban cuando su hija era cortejada por un hombre que venía
para hacerla suya. Si albergaba la sospecha de que uno de sus hijos varones,
era maricón, entonces ardía Troya. Volviendo a sus formas, no se podía permitir
ningún atisbo de amaneramiento femenino en ningún hombre, desde muy niño. En la
forma de hablar rayaba en la grosería, se expresaba a base de tacos y en los
pueblos hasta blasfemando. Había profesiones vetadas para hombres y si se
ejercían eran perseguidos por maricas y afeminados. El macho ibérico rechazó el
pelo largo, era de mujeres. Los colores que no fueran el gris el negro o el
marrón, estaba fuera del espectro de las vestimenta del macho ibérico. Los
hombres debían reprimir los abrazos efusivos y los besos con otros hombres,
salvo padres y hermanos y ya muy avanzada la década de los 70. Un macho ibérico
“no entiende de hombres”. No sabe si un hombre es guapo o feo. En el universo
de la fotografía, el fotógrafo siempre es el hombre y la mujer la modelo. Si de
desnudos se tratara, las sesiones fotográficas están llenas de machos y sólo
una mujer es la desnudada y la sometida a los disparos de ellos, los hombres.
Cuando el macho ibérico tiene que tomar parte de un jurado; donde se evalúan
imágenes artísticas, creativas y eróticas de hombres desnudos, las fotografías
les abrasan en las manos. No saben qué hacer con ellas. Pierden todo juicio y
criterio. Un hombre desnudo, si no está junto a una mujer, estamos ante el tema
tabú de la homosexualidad. El macho ibérico no sabe, no contesta…
En este recorrido sobre la personalidad del macho ibérico, no podemos olvidar
su arraigo cultural. Las aficiones que al macho ibérico le fascinan son
aquellas que antropológicamente le identifican con lo ancestral; identificación
con la tribu de la cual se siente parte. Mayormente son las corridas de toros
los eventos que más valores comparten con el macho ibérico; el valor, el
riesgo, la conciencia tribal de estar perpetuando algo casi eterno. El torero
ciñe sus atributos masculinos frente al toro, como si estuviera desnudo. Es
como si el poder sexual fuera decisivo, también, para triunfar con la bestia.
Las faenas de los toreros se realizan en presencia del pueblo; presidiendo el
evento el representante de la tribu, de la casta, que son jueces de su bien
hacer. Pañuelos blancos vitorean al diestro que obtiene trofeos a costa de la
sangre del animal. Estableciendo un paralelismo con el derramamiento de sangre
en el momento de la ruptura del himen en la pérdida de la virginidad. En la
puesta en escena siempre hay una mujer, también perteneciente a la misma casta,
que vive, se excita y sufre, como si de un drama se tratara. El macho ibérico
no asiste a una corrida de toros como a un espectáculo; vive la fiesta como una
celebración nacional donde está en juego el valor de un hombre frente a su
destino, aclamado con sus compatriotas. La fiesta taurina mantiene un maridaje
indisoluble con el mundo de la música genuina ibérica, hispánica y española. Es
verdad que el macho ibérico no se conforma con ser español del siglo XXI, sus
raíces se hunden en la Hispania romana y la Iberia de los celtíberos. La copla
es un género popular que canta los avatares del torero y la tonadillera. El
mozo de confianza y la ganadera noble o la poesía que narra la trágica muerte
de un torero, a las cinco de la tarde. Los cantantes de pasodobles son
auténticos juglares de las grandezas de matadores, rejoneadores y
banderilleros, frente a nacionales y extranjeros, potenciando los valores
raciales. Suprimir la fiesta nacional por antonomasia, es mutilar al macho
ibérico. En los encierros y en las tardes de toros de los pueblos más pequeños,
los niños se avezan en auténticas carnicerías arrastrando por sus calles los
novillos y sus despojos; siendo aplaudidos por sus padres y abuelos orgullosos
de que la estirpe no se pierda. Es muy difícil mantener que un adolescente que
prueba su hombría delante de un toro, no sea capaz de dar la talla con una tía
en la cama. Además tiene la garantía que las alcobas y las sábanas de hilo, son
testigos mudos de las debilidades del macho ibérico. El silencio de la mujer
siempre ha protegido al hombre que debía de ocultar sus miserias sexuales:
Dificultades en la erección, raquitismo de su miembro viril, eyaculación
precoz, gatillazos puntuales, insatisfacción de la mujer, ausencia de
creatividad en suma. La presencia de la mujer en el ruedo ibérico de los toros,
ha sido breve y se pierde en la lontananza de los tiempos. Para el macho
ibérico es contra natura que una hembra quiera epatar a un macho; precisamente
en lo más genuino del hombre ibérico. Enfrentarse a un toro en el coso,
abrumado de pañuelos alados vitoreando su faena y tiñendo el albero de rojo y
blanco. Esa puesta en escena sólo se consigue cuando el protagonista es un
macho ibérico, portador de órganos genitales externos. Dicho de otro modo
“porque tiene un par de cojones”. Ligado a la cultura de lo taurino está el
brandi; sobre todo una marca cuya publicidad estaba ligada a la silueta de un
toro. Cuando la Unión Europea suprimió los grandes carteles al borde las
carreteras, el Gobierno indultó al Toro de Osborne. Esto suponía un espaldarazo
a la lidia nacional, al aguardiente bebida de hombres y al macho ibérico. La
cazalla y el orujo son bebidas típicamente del acreedor de este título con
nobleza ibérica.
Otro aspecto que define al
macho ibérico es el requiebro y el piropo. El requiebro sería la forma de
seducir con galanterías verbales, un caballero hacia una dama, en encuentros en
paseos o calles. Se conozcan o no. El piropo se acerca más al perfil del macho
ibérico. Es más atrevido, abandona las formas de cortesía y suelen estar lleno
de picaresca sexual. A veces el piropo se convierte en un acoso de mal gusto,
que solamente cumple su objetivo exhibicionista del macho ibérico ante su
pandilla. Bien es verdad que si los piropos son echados por hombres de zonas
del sur, de clima más caliente, conservando el aspecto sexual, añaden un
gracejo simpático, agradable y hasta poético. El piropo que se practicaba por
imitación de modelos, ha caído en desuso. Pero en las décadas del siglo pasado
los adolescentes, para hacerse los machos y los hombrecitos, acosaban y
piropeaban las chicas en la calle, porque así debía de hacerse para crecer en
hombría. Había que mostrar la pasión y el deseo ante los transeúntes, para demostrar
que se era un macho de verdad. En el tema de la potencia varonil, nada se
presuponía, todo había que demostrarlo en público. La timidez, la cortesía, la
educación, la nula voluntad de hacerlo, se podía entender como signos
afeminados. ¿Qué? ¿No te gustan las mujeres? La duda había que disiparla. El
macho ibérico no conoce límites a su prepotencia. Uno de los insultos más
graves es decirle un hombre a otro hombre, marica, por ejemplo. Podía contestar
algo así como: “Tráeme a tu hermana y verás cómo se lo demuestro”. La situación
podía aparentar un tanto trágico-cómica, pero situar a una mujer ajena al duelo
entre machos ibéricos, en el campo de batalla, era utilizar la dignidad de una
mujer para defender la bravura machista de un hombre, por el único motivo de
probar que es un macho ante una mujer que para ellos sólo era una hembra.
Otras aficiones ligadas
a los ancestros del macho ibérico, son sin duda la caza y en menos medida la
pesca. Ir en busca de la presa presenta un paralelismo con el apareamiento del
animal en celo con la hembra. Un ritual de posesión relativo al cortejo que el
hombre hace en busca de la posesión de una mujer. Hay cazadores que no
participan de la comida del animal cazado. El placer se queda en el acto en sí.
Satisfacción de haber poseído la presa perseguida; satisfacción de disfrutar
más con el trofeo que con el banquete ofrecido por el animal cazado. El macho
ibérico degusta más del triunfo de la conquista, que de la mujer conquistada.
Sobre todo si lo cuenta después a sus amigos. Porque para él la demostración de
su poder y la propiedad que supone la mujer conquistada, es la garantía del
deber cumplido y la perpetuidad de la raza. Hay otros puntos de atención del
macho ibérico que le confirman como un ser racial, aunque sean más locales y
considerados como menos nacionales. Pero siempre estarán relacionados con la
fuerza, con el poder y todas aquellas virtudes atribuidas al macho precisamente
por serlo. Por poseer atributos sexuales que no sólo sirven para la
procreación; sino que son símbolos de superioridad y de perfección. Los
atributos sexuales del hombre, también en la Antigüedad, constituían una
reafirmación de su virilidad. Para testificar en un juicio y decir la verdad,
los romanos estaban obligados a cogerse los testículos con la mano en señal de
testiguar, “atestiguar”, procedente del latín testificare, compuesto de testis,
“testigo”, y facere, “hacer”. Remarcando la simbología del poder que otorga el
sexo masculino, la palabra latina testículus, que significa “testículos de la
virilidad”, está compuesta de testis “testigo” y el diminutivo culus. La
etimología nos lleva de determinar que los testículos serían una especie de
testigos menores.
Pero el gran punto de
referencia que se convertía en el vigía del macho ibérico sería, la persecución
del maricón, del marica, del invertido, del homosexual y ahora del gay, del
afeminado en suma. En definitiva jaque mate al menos macho. A ese se le niega
“el pan y la sal”. La reafirmación del macho ibérico la obtiene a costa de
aplastar al hombre más débil, sintiéndose obligado a emprender una cruzada para
salvar la especie del macho ibérico que se veía amenazada. El perfil que
atribuían al homosexual era único: “Cuidado con éste que te quiere dar por el
culo”. “Culo en pared que te la clava”. Si se tenía que aplicar un supositorio
por prescripción facultativa, su respuesta era: “A mí por el culo, ni el bigote
de una gamba…” Era la lucha por permanecer a la clase dominante. Se consideraba
como el superviviente de la selección de las especies, el resto de los hombres
no tenían derecho a vivir. La potencia sexual de nuestro héroe, se ceñía a
disponer en todo momento de una miembro viril en erección, sin opción al
gatillazo; palabra temida por aquellos que se creían que su órgano sexual no
estaban sometido a las debilidades fisiológicas comunes. Su longitud de 25 ó 30
centímetros y un diámetro en armonía con su tamaño, nunca se encontraba en
cotas menores. La impotencia eréctil era lo más temido por el macho ibérico.
Todas sus expectativas sexuales se venían abajo. “Si no había una buena polla
no había hombre” “Con buena picha bien se jode”. Pero hasta en este caso, el
macho ibérico encontró solución con medicamentos que le paliaban su desdicha.
No obstante, la falta de dureza en su miembro viril, solía ser por motivos
psicológicos y los sexólogos y psicólogos le daban respuestas satisfactorias.
Pero la intervención quirúrgica de extirpación radical de la próstata, le
dejaba dos secuelas vitales para el rol del macho ibérico: Impotencia eréctil,
“no se le ponía tiesa o dura” y quedaba inservible para la procreación. No
eyaculaba. Habían cerrado para siempre la fábrica de los espermatozoides. No
hay duda que esto suponía un golpe muy duro para el macho ibérico. Pero si esto
sucedía en las décadas correspondientes a la mitad del siglo XX, la situación
revestía tintes de tragedia. Se acabó la estirpe de nuestro protagonista. Pero
si este incidente quirúrgico sucedía al final del siglo XX y principio del XXI,
el drama era menos trágico. Al hombre que se le extirpa la próstata queda
impotente, no se le pone dura o su pene no recupera la dureza como para
realizar una penetración, que salve el coito tanto vaginal como anal. Pero su
potencia sensual, sexual, erótica e inclusive pornográfica, lejos de
desaparecer, puede mantenerse e inclusive recuperar nuevas formas de practicar
el sexo. Si se masturba o se excita, motiva y estimula, puede obtener el mismo
orgasmo que antes, salvo la eyaculación. “Es una corrida en seco”; obteniendo
ventajas puesto que las felaciones son más higiénicas. Si responde al
medicamento puede obtener una erección satisfactoria o puede aplicarse otros
medios para hacer que por el pene vuelva a correr el caudal de sangre capaz de
articular con los músculos una erección adecuada para satisfacerse y satisfacer
a su pareja. El hombre sigue siendo tan varón como antes de la intervención. La
ciencia y el progreso, en este caso, juegan a favor del macho ibérico. Y
siempre de forma oculta, lejos de reconocer que él también necesitaba de ayuda
en su virilidad. En este texto no es posible situar las acciones en el mismo
tiempo del verbo, porque no siempre podemos hablar del pasado como superado ni
incluir al futuro en una conducta general.
Seguidamente nos vamos a
detener en la peripecia que acompaña al macho ibérico, en su largo caminar,
conquistando las décadas 40 y 50 del siglo pasado. Observemos la frustración
que vivía un hombre que había tenido como modelo al macho ibérico; inclusive
había actuado en consecuencia como tal, pero con el devenir del tiempo observa
que, sentía una inclinación por el mismo sexo. Soltero o casado y después de
tener relaciones heterosexuales, se plantea dar rienda suelta a su libre
decisión, al margen de prejuicios y complejos. Después de un sedimento en sus
reflexiones, descubre que su puesta en escena se había montado sobre un guión
que no era el suyo. Estaba interpretando un personaje que al menos podría no
ser el único que él deseaba. Y decide probar. Busca a otro macho ibérico y se
encuentra con un hombre, sin más. Hombre como él aunque un poco menos macho.
Los besos, las caricias, los masajes, los abrazos, las felaciones, las
posturas, “el 69”, las mutuas masturbaciones, en fin, todo un mundo de sensaciones
sensuales, sexuales, eróticas y genitales nuevas y consumadas con su mismo
cuerpo. Apartándose de lejos de las costumbres tribales, de la manada, del
macho patrón, del macho ibérico.
Tanto si este acontecer le
sucede a un hombre, como si le sucede a un macho ibérico, es una ocasión y
oportunidad para sacar partido al resto del cuerpo. El hombre que investiga su
cuerpo solo o con su pareja, sea mujer u otro hombre, descubrirá la caja de
sorpresas que es el cuerpo humano. Y que los prejuicios sociales y los
complejos personales de tamaño y rendimiento, se pueden superar. El hombre que
explora su cuerpo puede descubrir que, aquel que mantenía que: “por su culo
nadie le metía ni el bigote de una gamba”; si al mismo tiempo de masturbarse,
estimula su ano y se penetra poco a poco de forma suave con sus dedos, puede
alcanzar un doble orgasmo; en su miembro viril y en el interior de su ano,
provocando unos espasmos en los esfínteres anales. El colmo de un macho ibérico
es haberse encontrado su propio punto “G”. Estas sensaciones rompen en mil
pedazos el perfil del macho ibérico. Pero si este doble orgasmo es motivado por
la penetración de otro hombre con su pene, masturbándose al mismo tiempo él,
entonces, podemos hablar del comienzo de la extinción de la especie.
Pero que no cunda el pánico,
situados ya en el siglo XXI, el macho ibérico ha tenido capacidad suficiente
como para inmunizarse para ciertos cambios. Ha maquillado su imagen y hasta se
ha feminizado. Gasta pendientes, acude a peluquerías unisex, no discrimina
colores; el rosa, el fucsia, el amarillo tiñen su nuevo vestuario. Los cuerpos
velludos como auténticos osos pardos, tornan ahora en efebos barbilampiños, a
través de una operación depilatoria. Y las recias barbas salvajes, se cambian
por bigotes y patillas con serpenteantes cenefas. Las sienes plateadas quitan
años al macho ibérico; mejorando las técnicas de seducción. La igualdad entre
los sexos ha permitido que la mujer asuma roles masculinos y el macho ibérico,
disimule su afán de dominio y posesión. El mayor enemigo del macho ibérico es
la libertad y la igualdad de derechos entre los seres humanos. Una política
hostil al machismo, el reconocimiento de los derechos de los homosexuales;
igualando los matrimonios civiles de hombre y mujeres, ha supuesto un marco que
es difícil que la sociedad retroceda a los tiempos pasados. La educación
insiste en la igualdad desde niños; el respeto y la libertad sexual; la
protección de la mujer como víctima aunque no la única del machismo, y por
último la participación de la mujer como la mitad de todas las facetas de la
vida social. Efectivamente, como decíamos más arriba, la mujer no es la sola
víctima del machismo. Todo aquel que ejerza las funciones sexuales de forma
diferente a él, es perseguido y anulado. El macho ibérico no soporta que otro
hombre se sienta sexualmente realizado y sentimentalmente amado; sintiendo
placer también a través de otras partes del cuerpo. Como son: La penetración
anal, de forma activa o pasiva. Los besos entre hombres y las felaciones y
masturbaciones mutuas. Llegado el momento se han cometido verdaderos crímenes
sexuales agrediendo a hombres por el hecho de haber utilizado fórmulas de amar
diferentes a las tradicionales del macho ibérico. Pero si tenemos que llegar
alguna conclusión que sea tangible y fácilmente constatable, el macho ibérico
no ha desaparecido; su capacidad de adaptación ha sido asombrosa y no pocos
ejemplares han evitado la desaparición de este genuino espécimen. Sus formas
son adaptadas a los tiempos, pero su camuflaje y su capacidad camaleónica no le
ocultan de las vistas de la sociedad. El macho ibérico goza de buena salud. La
potencia sexual sigue siendo una competición sin respeto al otro. Cuando se
habla de los órganos sexuales, del hombre naturalmente, da la sensación de
estar escuchando datos del museo de pesas y medidas. El macho ibérico sigue su
presa para “tirarse a esa tía que está de puta madre…” El va “a follar”, no a
realizarse sexualmente. Impone sus artes de pesca, sin admitir la prevención de
enfermedades y de embarazos no deseados. Y lo que es más grave, sigue sin
admitir que haya un hombre que siendo de su mismo sexo, pueda preferir otro hombre
y no una mujer. Sigue empeñado de que todos los hombres tiene que ser como él;
viviendo en su misma tribu donde el macho ibérico es más hombre y más macho. No
utiliza argumentos. El macho ibérico es portador de los valores eternos de la
arcaica Iberia. El hombre único, la familia única, el clan único, su rol de
jefe de la manada, la sumisión de la mujer como garante de la prole a través de
la procreación. También se comporta como tal aunque haya aceptado que es
homosexual. Siempre se comportará con su pareja hombre de igual manera. Como
propiedad suya. El macho ibérico convive con nosotros y sólo tiene vacación de
camuflaje. No de adaptarse. Ahora la manifestación del comportamiento del macho
ibérico, salta a las páginas de los medios de comunicación cuando el machismo
se desborda y supera las cotas del respeto y se convierte en criminal agresión,
extorsión y provocación. Este extremo al cual puede llegar el comportamiento
patológico del macho ibérico, conocido como machismo, siempre ha existido pero
es ahora cuando la sociedad ha tomado conciencia de ello y las leyes están
ejerciendo una pedagogía de prevención. Si observamos su comportamiento, tres
son los factores que desencadenan un desenlace trágico: Los prejuicios
tribales, el “qué dirán de los demás”. Los complejos, bajo nivel de autoestima
y aceptar que es inferior que los demás machos y por último, los celos. La
mujer es propiedad del macho ibérico. “Mía o muerta…”
Foto:
Pedro Taracena Gil
El macho ibérico sobrevive a
sus adversarios; la libertad sexual, la igualdad entre los sexos y la
emancipación de la mujer. Pero su poder sigue ejerciéndolo entre las sábanas de
los lechos conyugales; la permisividad de la sociedad, que lejos de hacerle
frente, le ríe sus esperpénticas grandezas. Muchos secretos de alcoba son la
frustración de muchas mujeres. El genuino macho ibérico se comporta igual,
tanto si su pareja es una mujer, como si lo es un hombre; su conducta se mueve
muy bien en la clandestinidad, en la falta de verdad y dentro del armario. El
macho ibérico tiene una característica muy peculiar, su honor está en sus
atributos genitales. “Por encima de sus cojones no pasa nadie”. Por último,
hablando del macho ibérico, es obligado mencionar aunque no haya espacio para
extenderse más, al personaje creado por la literatura española; Tirso de Molina
crea al Burlador de Sevilla y de la pluma de José Zorrilla, surge Don Juan
Tenorio. Tanto uno como otro se refieren al mismo Don Juan. Un macho ibérico seductor
de las mujeres a modo de trofeos, pero incapaces de enamorar a una sola mujer.
Solamente el haber vivido muchos años entre este espécimen, ha sido posible
trabajar en este ensayo.
Don Rafael Sanz Lobato
Plaza de Santa Bárbara, 9, 3º Dcha.
28004 Madrid
Estimado maestro:
Mi nombre es Pedro Taracena Gil, fotógrafo, amigo y colega de Vicente Nieto Canedo. El motivo de mi carta es poder comunicarme contigo para rescatar del olvido de la llamada Escuela de Madrid, a varios de los fotógrafos que, como tú, habéis sido excluidos en la reciente exposición llevada a cabo en el Museo del Cuartel del Conde Duque. Donde sólo han incluido a seis. Es decir, que aquel movimiento que la exposición de Enero/Marzo de 1988, en el Museo de Arte Moderno, donde los autores llegaban a 22, ahora se reducen a media docena. En el catálogo de la muestra publicado por el Ministerio de Cultura, que obra en mi poder, aparece Rafael Sanz Lobato con tres obras: La número 193 SIN TÍTULO (22,5 x 30,5 cm). COL. AUTOR. La número 194 SIN TÍTULO (22,5 x 30,5 cm). COL. AUTOR y la número 195 SIN TÍTULO (40 x 50 cm) COL. REAL SOCIEDAD FOTOGRÁFICA. Con todo respeto, me atrevo a pedirte que me proporciones un resumen autobiográfico de tu trayectoria fotográfica y un resumen de lo que tú piensas de tu propia obra. Estos textos servirían de apoyo a las 54 fotos tuyas que he contemplado en Internet. No hace falta hacer muchos esfuerzos de investigación, para llegar a la conclusión que vuestra postergación ha sido consecuencia de conductas caciquiles. Esta escuela se gestó en el seno de la Real Sociedad Fotográfica y es allí donde no se ha cuidado su obra, con nula vocación de respetar, conservar y divulgar el legado, de todos y cada uno de los autores. Con este material pretendo hacer llegar, allí donde os han ignorado como miembros de pleno derecho de la Escuela de Madrid. Páginas Internet, Revista FOTO, etc. Perdona por mi atrevimiento, pero es mi deseo NO renunciar a recabar la información del propio autor, en este caso tú mismo, de la Escuela de Madrid, con la cual me identifico totalmente.
Un abrazo.
Pedro Taracena Gil