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lunes, 14 de marzo de 2022

EL MITO DE CAÍN Y ABEL

  


Caín y Abel 1910


Svend Rathsack (danés 1885 a 1941)

José Saramago (1922-2010)

 “Dios no es de fiar. ¿Qué diablos de Dios es éste que, para enaltecer a Abel, desprecia a Caín?". 

 Libro de CAÍN año 2009.

 Es mi deseo rendir mi pequeño homenaje al humanista José Saramago.


El mito de Caín y Abel

(Mithos, Leyenda)

Escrito en 2007

 Eros provoca las relaciones amorosas entre los seres humanos. Engendra sus pasiones, sin distinción si los amores son incestuosos o no. Los mitos de Electra y Edipo, son ejemplos de ello. Sin embrago el fruto engendrado, deseado o inconsciente, consecuencia de la cópula, hombre mujer, perpetúa la especie. Mimetismo animal guiado por el instinto más que por la razón.



Adán y Eva, siguiendo el mandato divino: “creced y multiplicaos”, llevan a cabo un acto de amor, que si en vez de haber sido creados en Mesopotamia, entre los márgenes de los ríos Tigres y Eúfrates, hubieran estado bajo la influencia del mundo heleno, Eros les hubiera inducido al mismo sino. A través del mismo encuentro carnal y sexual. Al nacer Caín y más tarde Abel, producto del amor perfecto, marcado por Eros, Natura o Yavé, la relación con la deidad que no con sus progenitores, es quien les marca el nuevo camino. Donde las pasiones, las frustraciones y las diferencias, les llevan a lugares cada vez más lejos del seno donde fueron engendrados, cuyo lecho les vio nacer. El mito de Caín y Abel, aunque no es de origen pagano, su componente religioso no le excluye de ser un mito de marcado carácter moral. Es la consecuencia del enfrenamiento entre iguales, donde, el amor-cáritas, aparentemente impuesto por la consanguinidad, se rompe en pedazos. La leyenda de Caín y Abel nos muestra que el nacer hermanos no es garantía de vivir en fraternidad. Como vínculo natural y perfecto, Caín crece junto a su hermano menor, Abel. Tiene los derechos de primogenitura de origen considerado natural. Es mayor, puede ser maestro y protector de su hermano. Sin embargo y a pesar de que Caín era labrador y Abel pastor, no fueron capaces de complementar sus faenas y mucho menos aunar sus esfuerzos en una tarea solidaria. En el mito de Caín y Abel, sus padres apenas intervienen en sus vidas. Cuando han conseguido superar su nivel nutricio, son hombres independientes y comienzan a vivir como adultos. Y en un momento dado, la leyenda contenida en el Génesis nos dice que Caín ofrece los frutos de sus tierras y Abel los productos primogénitos de su ganado. Pero, no obstante, el autor del relato no nos aclara por qué: “Agradose Yevé de Abel y de su ofrenda, pero no de Caín y la suya”. A lo largo de la historia de los dos hermanos, podemos contemplar cómo sus conductas están marcadas por pasiones y presagios, llevando a los personajes a vivir un destino de máximo dramatismo. El ser hermanos no les hace inmunes a la perversión. El amor fraternal no es consustancial con la consanguinidad. Igual que Eros no evita el incesto, tampoco el haber nacido del mismo vientre propicia virtudes fraternales.

El mito de Adán y Eva es el resultado de la rivalidad entre el dios Eros y el dios Yahvé. Eros arropa su desnudez al hombre y a la mujer y ambos descubren su pasión amorosa; cumpliendo así el mandato bíblico de la procreación. Para Eros es un fin, para Yahvé es un medio. Este ayuntamiento es el comienzo de la vida. Les hizo partícipe del devenir de los tiempos. Según el autor sagrado provocaron ser como dioses, pero quedaron en humanos híbridos de deidad. Semidioses, según la mitología griega. Abandonaron la perfección en las puertas del Edén y se sometieron a todas las pasiones e imperfecciones humanas. Además, en este universo de sentimientos, Eros miraba hacia otro lado. Es evidente que el mito de Adán y Eva engendró el mito de Caín y Abel. El amor Eros sin contaminación del mito primero, dio paso al amor fraterno Cáritas del segundo. Y la fraternidad no la garantiza la sangre compartida, sino los sentimientos del género humano.

¿Cuál fue la perversión de Caín? Es posible que su crimen fuera compartido con su hermano, ya que el mismo Dios presagió sus destinos, donde debía de haber uno malo y otro bueno. El mito de Caín y Abel es una historia de desamor. El desencuentro de dos seres humanos. Uno débil y otro más fuerte. La ausencia de sus padres interviniendo en sus vidas, les priva de un modelo a seguir. Una deidad como Jehová no es el mejor consejero de los humanos. El rol de Yahvé en este relato tiene mucho de provocador. Fue el mismo Dios quien desequilibró sus sentimientos. No hay duda de que llegar a la conclusión que en este mito, radicalmente, hay uno que es el bueno absoluto, otro que es poseedor del mal indiscutible y un juez con todas las garantías de la justicia divina, es una conclusión un tanto simplista. Antes de llegar al odio hasta la muerte, hay que recorrer otros caminos: Incomunicación, rivalidad, niveles de generosidad y entrega y oportunidades de errar. Las historias de amor tienen los mismos procesos que aquellas de desamor, sólo cambian el signo de cada secuencia. El mito de Caín y Abel es la constatación de que el llamado amor fraterno, consecuencia de la consanguinidad, no conduce al amor como hecho natural. Del mismo modo que el Amor Eros es efímero porque su fin es la carne, el Amor Fraterno se convierte a través de la envidia en odio y muerte; surgiendo la víctima y el verdugo. El amor que surge de la misma sangre, está sometido a todas las pasiones e imperfecciones humanas. Además, en este conjunto de sentimientos, Eros conducido por el sexo sin contaminación y el amor fraternal guiado por la sangre común, no aseguran la permanencia del amor. Sólo los sentimientos humanos garantizan el amor sin fines. Sin instintos primitivos, tribales, procedentes de la carne y la sangre.

El relato de Caín y Abel, como cualquier leyenda, parábola o narración, bien religiosa o mitológica, encierra una lección moral, un paradigma con vocación de enseñar y de perpetuarse a través de los tiempos. Además, siendo una historia milenaria, corresponde a los doctos y no a los legos, hacer una interpretación científica, pero este relato breve, más breve que el original del Génesis, pero denso en su contenido, viene a remarcar que, este mito y otros como el de Abrahán y el sacrificio de su hijo Isaac, no han sido bien explicados, sobre todo a los niños. Se estaría pagando un alto precio, si para evitar la envidia entre los seres humanos, tuviéramos que contar un relato tan criminal. En el mito de Caín y Abel, según la tradición más popular, fue la envidia la consecuencia que desencadenó la tragedia. Pero tampoco está claro que deba de ser la venganza el remedio para hacer justicia. Fue Dios quien provocó la maldad entre los hermanos; llevándoles hasta el crimen y luego, no impartió justicia, ni permitió la venganza.

LA PROVOCACIÓN DE LOS PODEDRES PÚBLICOS

 


Qué piensa uno
cuando está crucificado

Foto: JAM MONTOYA

INCITACIÓN AL ODIO

El Gobierno está muy preocupado por las conductas de la sociedad que incitan al odio. El odio es una emoción como lo es el amor. Si el amor y el odio no hacen daño a nadie no tiene por qué ser negativo o malo en sí mismo. El amor y el odio, no en pocas ocasiones cierran un mismo círculo vicioso. Tanto el odio como el amor no son ni bueno y malo si  no se proyectan para hacer el mal a los demás. Este planteamiento es válido sólo al margen de todo planteamiento religioso. El sentimiento de odio para la religión es pecado y para el mundo laico, si no causa daño que sería un delito, el odio en sí mismo es una cualidad. Si alguien siente odio hacia una persona, pero no le causa daño, el odio tampoco perjudica a quién lo siente como emoción legítima.

El Ejecutivo encuentra indicios de delito cuando observa conductas que incitan al odio. Sobre todo, en el campo terrorista, racista, homófobo, proxeneta, pederastia y un lago etcétera. Es muy positivo que extreme su celo en estas amenazas que sufre nuestra sociedad. Donde cualquier apología puede incitar a cometer el delito contra colectivos más vulnerables. Pero el Gobierno no contempla qué hacer cuando aquellos que incita al odio son, sus políticas, que causan crímenes legales en tiempo de paz, donde el ciudadano no ha creado ningún conflicto y sin embargo es víctima de él. El sistema jurídico y político no están pensados para que el pueblo se defienda de las agresiones de los políticos, teóricamente, servidores públicos…

Yo como ciudadano siento odio legítimo contra el Gobierno y se lo demostraré todos los días a través de mi manifiesta discrepancia y el derecho a la libertad de expresión. Considero que esta sensación de odio hacia el que me agrede, teniendo la obligación de protegerme, es saludable y psicológicamente terapéutico. ¿Venganza? Yo lo llamaría reparación o exigencia de devolución de los derechos sustraídos. El Código Penal tiene tipificados los delitos de incitación al odio, evidentemente causantes de daños graves. Pero para los crímenes legales en tiempos de paz, los políticos solamente responden cada cuatro años en las urnas. ¿No es una situación legal pero inmoral?

Sin duda toda la legislación que el Gobierno ha sido capaz de poner en marcha, contra el pueblo español al dictado de la Troika, supone una incitación al odio. Y es inevitable.

¿Qué sentimiento pueden tener los enfermos de hepatitis C, frente a la negación del medicamento prescrito por los facultativos?

¿Cómo llamaríamos al sentimiento que padecen familias enteras, desahuciadas de sus viviendas de protección oficial vendidas a un fondo Buitre?

 ¿Puede estar el odio ausente de aquellas personas que ven cómo sus seres queridos se mueren por los recortes sanitarios?

 ¿Cómo reaccionar ante el hambre, el paro, el exilio de los jóvenes y los científicos?

Pues señores políticos, el pueblo español siente odio hacia vosotros, yo, el primero. Porque es un pueblo vivo y honrado. Vuestra inmoralidad pone en duda vuestra legitimidad para insultarnos con vuestras mentiras avaladas de embustes. No somos demagogos, ni populistas y mucho menos gilipollas.

 

 

EL ODIO UNA EMOCIÓN

 ENSAYO SOBRE EL ODIO

Marzo 2018

Por Pedro Taracena

“Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”.

“Sentimiento de aversión y rechazo, muy intenso e incontrolable, hacia algo a alguien”

 



A garrotazos

GOYA

Podríamos encontrar muchas más definiciones y otras tantas acepciones de la palabra odio. Sin embargo, todas ellas tienen un enfoque moral emanado del contexto histórico donde se desenvuelven nuestras conductas, nuestro comportamiento, en suma. La influencia moral de la cultura judeo-cristiana es decisoria en su origen, llenándolo de contenido etimológico y semántico. El odio va en contra del mandato divino: Amarás a Dios sobre todas las cosas y amarás al prójimo como a ti mismo. Esta doctrina está diseñada para que la represión del odio se convierta en virtud meritoria. Si te dan una bofetada en una mejilla, mostrarles la otra, para que te la rompan también; devolviendo bien por mal, evitando la satisfacción del agravio y cuidando mucho que la justicia no tenga tintes de linchamiento o de venganza. A pesar de que en los tiempos más primitivos del judaísmo estuviera en vigor la Ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente. El odio se considera como intrínsecamente malo, aunque en las dos definiciones mencionadas más arriba, marcan alguna diferencia.  En la primera el odio lleva inherente el deseo del mal para el sujeto u objeto odiado. Y en la segunda definición el odio es un sentimiento privado y libre; pudiendo ser activo o pasivo. Solamente tendrá trascendencia si se exterioriza en hechos punibles.

Avanzando en estas consideraciones prisioneras de la tradición religiosa, por qué un sujeto que objetiva o subjetivamente tiene motivos para odiar, deba reprimirse; cuestionando si realmente este sentimiento se pueda reprimir cuando la prescripción viene dada por una moral divina, interpretada y prescrita por una clase sacerdotal. El odio, el amor, el perdón, la venganza, la ira, la paciencia, la envidia… son cualidades del ser humano. Y la trascendencia de estos estados de ánimo, sólo estarán prohibidos cuando sean castigables por la legitimidad de las leyes civiles, no por las normas morales, ajenas a ellas. Por ejemplo, se puede odiar por envidia o por otras razones a un padre, a un hermano, a un amigo o a un extraño, pero esta digamos emoción, en virtud de qué moral es intrínsecamente mala, aunque se tenga la voluntad de desear todos los males del mundo. Las consecuencias de estos deseos no constituyen una conducta dolosa, mientras estos pensamientos no se traduzcan en hechos delictivos. Y es posible que quien alberga estos pensamientos obtenga cumplida satisfacción en su intimidad.

La madurez de la persona civilizada se irá alcanzando en la medida que se adentre en el mundo del raciocinio. Cuando su comportamiento obedezca al conocimiento obtenido por el uso de la razón. No por la tradición irracional de una moral milenaria dictada por los líderes de una religión. Volviendo a la Ley del Talión, del ojo por ojo y diente por diente, ésta supuso un límite a la venganza. Se llegaba a brazo por brazomano por mano y hasta vida por vida.

En el derecho actual los hechos donde se ha materializado el odio, están sujetos a la justicia y sobre todo con vocación de alcanzar la reinserción del condenado. Una vez situado el odio en la esfera personal y al margen de toda consideración de índole religiosa, su materialización en un acto que merezca castigo según la ley, se considerará al margen de los sentimientos negativos, que la persona pueda haber tenido o mantenga para siempre. El reo no será condenado por el sentimiento de odio, sino por las consecuencias de haberlo ejecutado a través de un hecho delictivo. A pesar de estas consideraciones el odio sigue siendo algo a erradicar por ser humano. Se considera que no se puede vivir con tranquilidad de conciencia odiando al prójimo y se le califica como una mala persona. El odio sentido o confesado es algo a reprimir y desterrar. El odio toma parte del mal y la ausencia de odio es el bien. Siempre medido con parámetros morales que no están en los códigos civil o penal. Caín podía haber odiado eternamente a su hermano Abel y sin embargo si no hubiera cometido el crimen, Dios no le hubiera pedido cuentas de su odio fratricida. Salvando las distancias bíblicas, en la vida diaria de una persona hay motivos, unos objetivos y otros subjetivos, que le provocan odio irremediable imposible de evitar. Hay odios que aparentemente se resuelven a través de la aceptación de la culpa y el perdón de la víctima. No obstante, si el agresor no es perdonado por el agredido, el odio persistirá. Pero hay otros casos en el que el ofensor se obstina en el comportamiento que hiere al ofendido, y éste, lejos de perdonarle aumenta la intensidad de su odio. En ambos casos el sujeto ofendido alivia su rencor con la satisfacción que le proporciona su odio permanente. En estas situaciones el conflicto sigue y “cuyo mal desea” también. Siempre que no se exterioricen amenazas verbales que pudieran ser constitutivas de un delito. Además, hacen su presencia los prejuicios emanados de la moral popular, ancestral y religiosa. El odio siempre se considera no solamente negativo, sino perverso. Sin embargo, el causante que provoca el odio de la víctima, aunque éste sienta odio también, como es por naturaleza considerado como “el malo”, se acepta como normal que se mantenga en un estado de maldad permanente.

El sentimiento de odio debe ser reconocido y calificado por el propio individuo que lo siente. Borrarlo mediante la práctica de doctrinas morales ajenas a la razón produce frustración. Pocos están dispuestos a perdonar gratuitamente y menos devolver bien por mal. El sentimiento paterno filial, fraternal, amical o simplemente entre ciudadanos, bajo el paradigma bíblico, no resuelve los conflictos emanados del odio. Estos parámetros arcaicos estructuran una sociedad patriarcal, donde sólo se contempla “el honrarás a tu padre y a tu madre”, no se menciona la reciprocidad de los padres con los hijos, al margen del nivel nutricio. Por supuesto la mujer está sujeta al hombre y no se contempla la igualdad. Entre los hermanos, el mayor es el que dispone de los derechos de primogenitura. Es decir, que la sociedad con valores bíblicos, sean del Antiguo como del Nuevo Testamento, se basan en el perdón, el sacrificio y la obediencia, sin tener en cuenta la justicia y la igualdad. La sociedad moderna ha regulado las conductas observadas al margen del bien y del mal, el vicio y la virtud, la venganza y el perdón, el pecado y su redención. Las leyes que la civilización se ha dado sólo entienden de derechos y deberes, en base a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El mundo de los sentimientos queda en la intimidad del individuo. Donde el odio intrínsecamente no tiene por qué ser un mal absoluto. Dependerá de cada persona de cómo lo asuma. Para algunos puede ser una satisfacción el odiar y para otros les producirá algún cargo contra su conciencia. Todo ello encontraba respuesta en la religión, ahora, quizás, es la psicología la ciencia que se ocupa de los estados de ánimo, del comportamiento y de la conducta. Hay quien no siente ninguna inquietud por ese algo o alguien que le provoca malestar, el odio lo convierte en indiferencia. El derecho a sentir odio y por supuesto obrar en consecuencia en su propia defensa, todo ello es cuestión de empatía y asertividad. Siempre al margen de cualquier reacción consumada con dolo.

En el siglo XXI como en el pasado, nuestras circunstancias nos llevan a sentir odio de muy diversa naturaleza. Odio por las injusticias, las guerras, los maltratadores, los dictadores, los ladrones, los usureros y los caciques. Y es lícito sentir odio por estas agresiones, ofensas y humillaciones; luchando contra toda vulneración de los Derechos Humanos. En el ámbito social y familiar, hay padres, hijos y hermanos, que lejos de practicar el amor paterno filial o fraternal, hacen motivos para levantar sentimientos de odio. Tanto en el campo social, político o familiar, el odio y sus consecuencias, no se resuelve con prescripciones de índole moral religiosa, su resolución viene prescrita en el Derecho; quedando en el ámbito privado los sentimientos de odio o rencor. Así como los sentimientos de ternura o cariño. Sería saludable desmitificar la estigmatización del odio y sacarle del entorno del mito. La psicología es una herramienta humanística cuyo objeto es el comportamiento humano, al margen del premio y el castigo bíblico. El odio como la simpatía, la soberbia y la humildad, no imprimen carácter inmutable. Habrá que analizar los factores personales y del entorno para abordar las diversas motivaciones subjetivas. Si un ciudadano, por ejemplo, en la actualidad se ve privado de todos los derechos que le proporcionaba el Estado de Bienestar: se ve en paro, pasa hambre, sufre un desahucio, contempla mermada su asistencia médica y sus hijos no tienen la educación que garantizaba su futuro, esta persona le asiste el derecho del sentimiento del odio contra todo y todos los que le arrebatan algo que es suyo. La resolución de estos conflictos tiene difícil solución a través de preceptos religiosos. Porque el primer paso a dar es encontrar el sujeto que desencadenó la agresión, la ofensa, el insulto por parte de quien se siente la víctima. Y a partir de estas premisas, el perdón o la venganza, tienen que dejar paso a la justicia y el restablecimiento de los derechos quebrantados. Aunque el odio sigue siendo una vivencia personal irrenunciable para satisfacción de la impotencia del agredido. El odio visto con el prisma del siglo XXI no es algo monstruoso, un vicio a erradicar de los individuos que lo sientan. Más bien debe ser una oportunidad de reflexión con la razón, no con los impulsos irracionales y mucho menos con los prejuicios religiosos de épocas ya superadas. En “mi querida España, esta España mía, esta España nuestra” el odio está anclado en nuestras vidas presentes y en nuestra reciente historia. La solución no está en un examen de conciencia, en sentir dolor por haberlo mantenido y reconocerlo abiertamente, tampoco en el propósito de la enmienda y mucho menos en cumplir una hipotética penitencia. Ni perdón ni olvido. La reconciliación con nosotros mismos y con los demás, camina por otros derroteros. El camino del reconocimiento de la dignidad arrebatada; avivando la memoria de los hechos históricos. La senda de la justicia contra la impunidad de aquellos que confundieron su victoria con la verdad. Y sobre todo que nadie tergiverse los términos democracia y consenso, así como transición democrática y amnistía de la dictadura, y mucho menos justificar lo legal con lo que es justo.  Todas estas premisas, conglomerado de falacia y demagogia, mantienen el statu quo de quienes aceptaron el consenso; renunciando a cumplir y hacer cumplir la Constitución Española de 1978. No sería banal que los españoles en privado y en colectividad, nos diéramos respuesta racional a esta cuestión ancestral del odio… Desde 1936 hasta nuestros días, en España hemos montado una gran mentira donde maliciosamente hemos confundido la LEGITIMIDAD, la LEGALIDAD y la JUSTICIA. El pueblo español no debe esperar que le resuelvan los creadores de la opinión pública esta farsa histórica…



domingo, 13 de marzo de 2022

HEMEROTECA VIVA

 

HEMEROTECA 





Selección: Pedro Taracena Gil

Periodista

 

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  EL RAMO DE FLORES

EPITAFIO DE UN AMANTE

Pedro Taracena Gil

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POR LOS CAMPOS DE LAS AMAPOLAS BLANCAS Y AMAPOLAS ROJAS

Fotos: Pedro Taracena Gil
















































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