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MI SUBIDA AL MONTE TÁNTRICO XI





Primera parte: Rumiante de las emociones

He demorado unos días como siempre, pero esta vez no encontraba el esquema que me permitiera analizar y reflexionar, sobre los temas tratados en nuestra última sesión. Utilizando nuestro lenguaje de las emociones y sensaciones, he descubierto que lo que realmente buscaba era la propiedad de alguno de los animales mamíferos que son rumiantes (*). Me sentía un tanto inquieto, inseguro y hasta desanimado. Estas emociones no me permitían hacer la digestión de algunos aspectos que más tarde me sosegaron, porque me hicieron recordar que mi SUBIDA AL MONTE TÁNTRICO, es en realidad un proceso de aprendizaje, basado en el ensayo-error y en la imitación de modelos, siempre en positivo.
Anécdota del chiste de mi compañero de la Universidad y mi respuesta:




Respuesta:

“Me parece un chiste de muy mal gusto, machista e impropio del siglo XXI y sobre todo desafortunado para un ambiente universitario... Yo causo baja en este grupo”.
Reacción después de tu consejo:

Correo dictado por la empatía: Personalmente no estoy de acuerdo con este chiste. Respeto tu libertad de expresión, pero es posible que las mujeres en general o alguna en particular, no se sientan muy halagadas. Espero que mi empatía obtenga tu comprensión. 
También tratamos el tema de los chakras y la meditación. Sin duda este proceso de aprendizaje será arduo para mí, porque tengo que romper con el paradigma asociado a los conceptos: espiritualidad, percepción e intuición afectadas por el campo áurico. Como contrario al aurea mediocritas. No obstante, seguiré las pautas que tú me indicaste a través de vídeos YouTube.





Otro aspecto que estuve rumiando (**) fue el sentir placer, molestia o dolor a través de tus diferentes caricias en el interior del ano. En esta parcela he llegado a la conclusión que debo de hacerme yo mismo exploraciones internas, llegando a la máxima profundidad de la cavidad anal. Después de rumiar sobre la aproximación de tu pene erecto a mi ano, he de decirte sin rubor, sin pudor y sí, con deseo sexual y erótico, que lejos de sentir bloqueo o rechazo, en mis manifestaciones insinuantes de acercamiento a tus genitales, pudiste percibir mi complicidad cargada de intención. Mi docilidad es absoluta y quedó muy complacida. Tú me vuelves loco de placer, atrapado entre tus brazos, inmovilizando mi cuerpo y mis manos. En esos momentos te conviertes de maestro en el amante y seductor perfecto. Yo gozo con alegría y me haces muy  feliz.

También traté de hacer la digestión sobre el efecto que me causó el cambio de impresiones que tuvimos durante el primer abrazo tántrico. Me ofreciste la oportunidad de darte placer. Que fue tanto como decir que abandonara mi papel de discípulo y tomara el rol de amante en plano de igualdad. Es evidente que no respondí a tus expectativas. Lejos de hacer la digestión de mi comportamiento, se me indigestaron las dos observaciones que me hiciste. Fui torpe a la hora de acariciarte, con poca creatividad en la intención. Y prioricé el echarte mano al pene, cuando me manifestaste instantes después, que recibir caricias en el pene erecto para ti, suponía una parte quizás con menos sensibilidad que el resto del cuerpo.

Hasta aquí te comunico con total satisfacción, más aún, con sosiego y alegría, que esta reflexión escrita me ha servido para rumiar y digerir mis emociones un tanto alteradas. Ha sido una terapia propia y una apuesta para seguir con mi aprendizaje. Reconociéndote como mi gran apoyo. Faro guía y callado (***) mío.





Segunda Parte: Más desnudo que nunca.

Erguidos uno frete al otro. Desde el instante en que me vi con el torso rasurado como un adolescente, sentí una invasión de sensaciones y emociones, que me proporcionaron satisfacción sensual y mucha alegría. Nunca me había sentido tan desnudo, como después de ducharme y quitarme el jabón de rasurar. Aunque traté de darte la sorpresa cuando ya me cubría con el fular. Recuperé con esta decisión, la sensibilidad perdida en el pecho y sobre todo en el bajo vientre y en el entorno de los pezones.

En nuestro primer acercamiento separados por el nuevo pareo más transparente, percibí la presencia de tu cuerpo. Con los ojos cerrados, intuí tus ligeros toques y el jadear próximo a mis orejas y boca.  Me abandoné en la desnudez más real (dorso rasurado).

Con mi nueva desnudez fui más consciente de la proximidad, de los toques, de los contactos y en el abrazo sentí mayor excitación, al rozar los genitales entre nuestras piernas. Presencia relajada y muy placentera.

Sobre el tatami, mi nueva desnudez fue la constante que potenció la libido, el deseo, la excitación, y sobre todo el erotismo de la fusión piel con piel. Suavidad, temperatura y la sensibilidad de tus velludas y recias piernas.





Abundando en las nuevas sensaciones, gracias por dedicarme un espacio y un tiempo a masajear mis pies, las plantas talones y dedos. Percibí una sensación especial cuando alojaste mi pie en una de tus ingles. Y me indicaste que mis pies arqueados podían y de hecho albergaron tus genitales. Con mucho gusto y placer.

Cuanto más logramos el fiel de la balanza entre maestro y discípulo, más crece el deseo en descubrir la energía sexual en todos los rincones de mi cuerpo. Me hizo muy feliz y sentí mucha alegría cuando percibí que yo te estaba estimulando y tú respondías a mis estímulos.
En las últimas sesiones, va creciendo la oportunidad de vivir con más intensidad sensual y sexual, todas y cada una de las secuencias. Con tacto exquisito abordas las mil y una formas de provocarme el deseo y excitar mis potencialidades.

Descendiendo a los detalles quiero revivir algunas secuencias especiales por la abundancia de sensaciones eróticas:

Tendido sobre la espalda y tú alojando mi cabeza entre tus piernas, rozando tus genitales contra mi pelo. Siento la paulatina dureza de tu pene y visualizo tu pene ya erecto. Al mismo tiempo me colocas mis manos en tus glúteos y espalda. Con tus manos masajeas mis oídos, cuello, mis pezones y el pecho. Esta vez sus masajes en el tórax eran como algo nuevo. El vello era un impedimento…

Sin perder esta posición me abres de piernas y me haces sentir tu pene lubricado y erecto entre mis glúteos y en la entrada del ano. Para mí sentir tu pene erecto contra mi cuerpo y dejarme acariciar lentamente todos los pliegues de los genitales, es una auténtico acto de adoración donde compartimos la sexualidad. Cuando yo te acaricio y tú me correspondes con una erección plena, siento una gran satisfacción de compartir ese placer y una gran alegría. El placer se agranda cuando soy consciente de que tú me permites que yo juegue con un juguete muy deseado por mí. Tu pene erecto.





He de decirte que contigo jamás se repite una secuencia que hayamos desarrollado en una sesión anterior. La actividad sensual y sexual que me propones compartir es muy creativa. Es verdad que hemos ido avanzando en la medida que yo he ido venciendo los bloqueos. Te quiero confesar por enésima vez que me vuelves loco cuando tú rompes en cierta medida con el guión establecido.

Llegado el momento yo me veo acosado, excitado, atrapado, dominado y muy complacido. Tu seducción jadeante muestra deseos de poseerme cual animal en celo. Y yo me siento muy satisfecho. En esos instantes yo también te deseo y te lamo el cuerpo, te muerdo, me gusta besar tu piel y me dejo hacer… Sentirme poseido por ti es la mejor respuesta que te doy como reacción a tus masajes y caricias. Un trabajo bien hecho y de reconocimiento a mi persona. Muchas gracias.

Nuestro abrazo final fue totalmente satisfactorio, preñado de sensaciones y emociones, percibiendo la fusión piel con piel, juntando las caras, besándote el cuello y los hombros y hasta pegándote mordisquitos en los lóbulos de las orejas. Suavidad, calidez, ternura, sensualidad, erotismo y mucha identificación…





(*) rumiante

De rumiar y -nte.

1. adj. Que rumia.

2. adj. Zool. Dicho de un mamífero: Del grupo de los artiodáctilos patihendidos que se alimentan de vegetales, carecen de incisivos en la mandíbula superior y tienen el estómago compuesto de cuatro cavidades; p. ej., el camello, el toro, el ciervo, el carnero, la cabra, etc. U. t. c. s. m., en pl. como taxón.

(**) rumiar

Del lat. rumigāre.

Conjug. c. anunciar.

1. tr. Masticar por segunda vez, volviéndolo a la boca, el alimento que ya estuvo en el depósito que a este efecto tienen algunos animales.

2. tr. coloq. Considerar despacio y pensar con reflexión y madurez algo.

3. tr. coloq. Rezongar, refunfuñar.

(***) cayado

Del lat. vulg. *caiātus, y este del lat. tardío caia 'cayado'.

1. m. Palo o bastón corvo por la parte superior, especialmente el de los pastores para prender y retener las reses.

2. m. Báculo pastoral de los obispos.

cayado de la aorta

1. m. Anat. Arco que describe la arteria aorta cerca de su nacimiento en el ventrículo izquierdo para descender a lo largo del tórax y del abdomen.

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